Sobre algunas "versiones de(l) trash"

Trasheamos. Adriana Minoliti, Daniel Basso, Daniela Luna, entre otros, Nicolás Bacal en FNA - Fondo Nacional de las Artes desde el martes 10 de noviembre de 2009 hasta el sábado 5 de diciembre de 2009.
-Microensayo en modo a prueba de fallos-

"En todo momento mi campo perceptivo está lleno de reflejos, de crujidos, de impresiones táctiles fugaces que no soy capaz de enlazar precisamente al contexto percibido y que, sin embargo, coloco desde luego, en el mundo, sin confundirlos jamás con mis ensueños.” Merleau Ponty

Imagínense a Merleau Ponty contemplando una montaña de basura en una galería de arte. Sus sentidos captarían en una milésima de segundo, despojados de todo juicio, una elevación en el piso, la variación de puntos de color, las ráfagas de olor incómodo. El filósofo, siempre abierto a nuevas experiencias perceptivas, se acercaría y un millar de moscas lo espantarían en la cara. Recién ahí descubriría lo más obvio del asunto, lo menos interesante: esa escultura, esa instalación, ese monstruo mutante y pestilente es… en realidad… un montón de desperdicios.

La muestra “Versiones de(l) Trash” incomoda. No puede recorrerse con indolencia. Hay que acercarse, pisar, tocar. Se explora con avidez, con rapacidad. Somos perros vagabundos buscando pequeñas perlas de sentido, chistes, guiños entre las instalaciones atestadas de imágenes sobreimpresas, videos, dibujos, fotografías. Y se trata, en su conjunto, de la puesta en escena de una búsqueda más general: el trash argentino, por eso, recién después de su montaje completo, la muestra asumió su último nombre: “Argentrash”, como se lee en letras de cartón dorado desde la vidriera del Fondo Nacional de las Artes.

Se trata de una muestra conjunta, en la que participan Nicolás Bacal, Daniel Basso, Sofía Darrieu, Un Faulduo (Nicolás Moguilevsky, Nicolás Daniluk, Nicolás Zukerfeld), Fósforo Líquido (Mateo Amaral, Maxi Bellman), Carlos Herrera, Juliana Iriart, Mao & Lenin, Adriana Minolitti, Daniela Luna, Agustina Picasso y Matías Fogwill Jr., Tomi & Cherry (Tomás Lerner y Geraldine de San Bruno). Para el curador, Rafael Cippolini, el trash es hoy “es una molestia en suspenso”; es algo que irrumpe con brutalidad en la percepción, obligándonos “a tomar partido, a abrir otros [nuevos] canales de sensación”. O si no: ¿qué hacer como espectadores con ese compendio de fallas, desajustes, imperfecciones, putrefacciones?

Está claro que exponer las versiones del trash hoy, ni siquiera en el Fondo Nacional de las Artes, es una bofetada para alguien; hoy ya todos estamos curados -explotando la polisemia de la palabra- de espanto. Lo que implica en todo caso este tipo de manifestaciones es algo que demanda el arte contemporáneo en general, aunque el trash lo haga de modo más violento... es, decía, una posición activa, una búsqueda de sentido más allá de lo convencional, una reactualización constante de la percepción primaria de ese objeto, capaz de abrirse, en el impacto, a los múltiples y nuevos significados. Es, obligar al público a arremangarse y a hurgar entre la basura.

En el blog de Cippolini puede leerse a otro "trash régie", Jordi Costa; según éste la “cultura basura” es una consecuencia del proceso iniciado por las vanguardias de principios de siglo, "pero mientras Duchamp, cuando firmó su urinario, situaba al artista como el único que podía decidir lo que era y no era arte, en la cultura basura el centro es el espectador, que es quien decide qué obra le provoca una experiencia estética y emocional". Por eso Cippolini dice que en la experiencia trash no se descontexualizan los objetos: los descontextualizados somos nosotros. Es decir, el trash nos arrastra a un terreno baldío y una vez ahí, no nos queda otra que convertirnos en teóricos y definir “porqué se aísla un fenómeno y qué tiene de extraordinario” para nosotros.

La explosión de la sociedad industrial y el derrumbe de los sueños de la modernidad dejaron flotando en el aire unas molestas partículas que se fueron decantando hasta hoy: el kitsch, el camp, el trash. Las tres se fundan en el sentimiento de pérdida pero asumen diferentes reacciones: la primera, sufre por una idealizada añoranza; la segunda, es bipolar y pretenciosa; y la tercera, es una sátira de la tecnología. ¿Quieren encontrar el trash? Vayan al descampado donde descarriló el tren del Progreso.

Recorriendo las salas del FNA se pueden encontrar indicios del trash argento... ¿estará compuesto por los desechos de las multinacionales, y el circuito que abona con ellos a la economía de subsistencia de los cartoneros? ¿Será nuestra tecnología obsoleta, todavía a pleno funcionamiento? O teniendo en cuenta la debilidad histórica de la industria… ¿no habrá que buscar el trash argentino en la burocracia estatal? Volviendo al pensamiento de Merleau Ponty, ninguna verdad es absoluta ni atemporal. La sociedad post industrial nos deja listos sus desperdicios –tangibles e intangibles- para que los resemanticemos.

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