Rubén Baldemar - Parte I

Rubén Baldemar, constructor de artificios. Ruben Baldemar en Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino (Rosario) desde el jueves 30 de abril de 2009 hasta el domingo 31 de mayo de 2009.


¿Usted persigue la belleza o su representación?*

Rubén Baldemar (Rosario, 1958-2005) a la manera del fantasmal Sr Europa -el anfitrión del film El Arca Rusa*- nos guía en una travesía por su fabulosa galería personal: donde los íconos medievales, las madonnas del renacimiento, el atestado barroco, la dorada secesión, el cine del expresionismo alemán, los van goghs, duchamps, madís, pops, la literatura, el psicoanálisis, la filosofía, los mitos, la muerte, el amor y la alquimia… desfilan en veinte años de producción, aspirando a la máxima levedad en diseño (té, óvalo y zen).

Basta de decir que Baldemar es barroco y mucho menos un simulador.

Su obra abreva, vampiriza y se alquimiza en el arte universal, desde Rosario se lo apropia en el sentido más posmoderno y más caníbal del término.

Y en esa operación transversal, el cosmopolita Baldemar -como el mejor Borges- pone al lenguaje en su condición de ficción humana: es útil, pero siempre es un artificio, un intento de atrapar la imagen que lo espeje. El arte es un laberinto donde los hombres se extravían, como narciso, buscando la propia belleza.


Judith, la de Baldemar

Abre el recorrido su autorretrato warholiano.

Cuatro baldemares en colores planos y estridentes, (obra de la serie de autorretratos con la cual elaboró su tesis de licenciado en Pintura en la UNR sobre “el autorretrato”). También hizo un busto romano de sí, además de pintarse como Judith, la asesina de Klimt, que sostiene sonriente y enigmática la cabeza de Holofernes, oculta tras un Jaspers Jhones de números auriazules, desocultada por un enorme cierre relámpago dorado momentáneamente entreabierto.

Luego el nombre “Judith y Holofernes” contagió su aura a todas las obras de la primera exposición individual de 1992 en el mismo Museo Castagnino y al resto de la producción… cada tanto aparecería un nuevo Holofernes u otra Judith reencarnada en la María de Metrópolis ardiendo como bruja o en Salomé.

El collage es el recurso por excelencia y la subversión del sentido el otro. Para eso investiga técnicas y materiales: pinta como renacentista, como barroco, pinta como cine expresionista alemán; citar para emboscar, para hacerles decir otra cosa. Es decir, agregarle a la menina de Velásquez bisagras en el vestido, ponerla en un ángulo, con un revólver pegado al atípico tríptico. Asimismo la maja de Goya, la desnuda, es articulada, plegada en tres (le falta la camilla original con ruedas). Igual sistema para el Narciso de Caravaggio: dos bastidores semicirculares recrean al joven enamorado en la pared y en el piso a su fatal reflejo. Ambas obras se titulan “Judith y Holofernes” (1991-1992).

Baldemar el esgrimista, atenta al fetiche original, al sentido común, a la bidimensión y al rectángulo.

Hay instalaciones pictóricas de soportes irregulares, como los tres barriletes de putinis: “Tríptico de las cometas ligeramente barrocas” (1991), o “ Anunciación DC” (de 1987) bíptico que actualmente ha sido pintado en la fachada de un edificio en San Luis y Barón de Mauá, en el centro de Rosario.

Potentemente, comenzó con un pop apocalíptico en los ochenta, (la estatua de la libertad, la mujer surtidor) y con ciertas figuras escultóricas grotescas y policromadas como el busto del “Sr Oroño”, “el Cónsul de la Martinica” (1987), el bizco “Baco o la triste milonga” (1988) y el ausente “Súper Pollo” con casco medieval. Baldemar reproduce en yeso o cartapesta los mármoles, las uvas y los personajes. Recrea con el mismo arte los marcos dorados y las bases de las obras que las obras. Son “pintura sobre soportes de diseños muy especiales” (de madera, tela o cartón). El espectador se ríe, conmueve sentimientos humanos.

Pasando por los fotogramas acromáticos de Metrópolis de Fritz Lang (***), la fotografía en blanco y negro, los mingitorios de Mutt, vía Madí, dibujando, va arribando a una síntesis orgánica exquisita. Hasta su elevación.

Esta reseña continua en Rubén Baldemar - Parte II

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