Cuerpo encendido

Ficción Encendida. Julia Masvernat, Marcolina Dipierro en CC de España en Buenos Aires (Florida) desde el martes 3 de marzo de 2009 hasta el viernes 17 de abril de 2009.

La que Dipierro y Masvernat presentan en CCBA (“interpuestos entre las fuentes de luz y los planos sobre los que se proyecta, flotan una serie de papeles recortados con formas de tramas y figuras”) es una exposición generosa en el muestreo de sus relaciones contemporáneas: con invitados a realizar actividades durante el espacio de la muestra, y con una mesa de textos que se entienden afines a las preocupaciones de las artistas. En algunos de esos textos (P. Halley y J. Turrell) se adivinan las al menos ocasionales angustias de influencia de Ficción Encendida, pero el montaje amistoso de D&M consigue poner en entredicho el espiritualismo de la luz y la naturalidad de la abstracción, a fuerza de propuesta y quizá, un poco, de desplazamiento. Si Halley puede hacer un uso contrario del término “específico” al que le dieron polémicamente Judd y el primer Stella, aquí se redobla ese corrimiento con figuras que pasan por abstractas solo a costa de no verlas como despreocupadamente metafóricas. Si Turrell puede hablar del “espectador ideal” (un solitario) y del “poder de la luz”, aquí se apuesta a cierta comunidad, y a interrumpir el rayo de luz y convertirlo en sombra (y uno sabe a que figura echarle la responsabilidad). Es más, es muy fácil interceptar con el propio cuerpo los haces proyectados, con la perturbación característica de cuando uno se levanta en el cine y percibe la propia silueta sobre la pantalla (con la prueba que eso significa para el ego).
Esa irrupción del propio cuerpo deja poco margen para los valores espirituales: de Alberti a Albers, de Turner a Turrell, las metafísicas paralelas de la figura y de la luz resultan un poco dislocadas simplemente porque me sorprendo a mí mismo, despeinado, entre las sombras coloreadas, como una más de ellas.
En general las escenas proyectivas (el cine privilegiadamente) permiten controlar, editar el cuerpo; aquí, en cambio, bajo la excusa del paseo atento me interpongo entre la luz y las cosas, o sea: me comporto con cierta falta de razón. Mi cuerpo se interpone si quiero ver, no puedo ver meramente. La cinefilia evidente de la instalación traiciona como si estuviera calculada: mi cabeza queda centrada en el campo proyectivo, obligando a la identificación con los gráciles “moldes hembras” de papel.
Y este chiste nos puede llevar a una inquietud tópica pero pertinente: que relación pueda existir entre esa irrupción del cuerpo y alguna reflexión de género presente en Ficción Encendida. Como escribió A. Giunta: “Que sea una mujer quien realiza la obra no supone características determinantes. Puede plantearse lo especifico femenino como una opción temática y/o expresiva”, pero “el discurso feminista expande sus posibilidades cuando se convierte en un instrumento de análisis no necesariamente utilizado por mujeres y no exclusivamente centrado en el análisis de la problemática feminista: hacer concientes las formas en las que se estructura el poder desde la perspectiva de género…”
Quizá uno de los esquemas más sexistas es la escena proyectiva que se da entre una fuente de luz (razón) y un objeto manual. Es instrumental y generalizado; haces (hilos y rayos): los papeles calados están suspendidos de hilos verticales y de la eficacia de rayos horizontales coloreados de luz y sombra. Lo vital viene después: si uno se identifica o proyecta empáticamente en esos papeles, entiende cierto esquema de dominio. Con esto no planteo un programa feminista por parte de las artistas, sino cierta sensibilidad del montaje (evidente desde el sutil desplazamiento que sufren las hipótesis de los masculinos textos). Acá uno no contempla sino en tanto que interrumpe la luz, queda parcialmente enceguecido o coloreado como un papel. Quizá las afinidades concientes estén del lado de cierta espiritualidad de la abstracción y la luz, pero el montaje amistoso entre Marcolina & Julia reintroduce el cuerpo del visitante de un modo especial, que quizá tiene que ver con que -más allá de la sí programática iconoclastia de las abstracciones históricas- la imagen vuelve, porque el origen de la imagen es el propio cuerpo.
Tras la utopía de reducir el residuo de la representación late la de reducir nuestra propensión al conflicto: cuando más transparencia, menos malentendido. Contradictoriamente, pero en el mismo sentido: cuando más abierto el mensaje, menos (grave el) malentendido. De Wittgenstein a Kandinsky (para decir cualquier cosa), esas son terapias masculinas, claro. Acá hay figuras y colores, pero el acontecimiento se produce cuando entro a la sala y soy interceptado por la luz, cuando mi cuerpo se vuelve pantalla y a la vez figura y a la vez sombra: ningún espectador ideal, sino la inescapable matriz corporal de la imagen.

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