Es rico, será famoso
Autor-editor independiente panlatinoamericano de historietas (Cábula, http://decomomehicericoyfamoso.blogspot.com/), Ernán prueba ahora otra variante para su proyecto (de hacerse más famoso y más rico): tienta (con una plaqueta donde un diospadre jocoso discute con un cristo tristón) a que algún vecino intolerante le repita la perfomance premiada (con judiciales $) de Ferrari en el mismo recoleto convento-asilo cultural. Desde que con el golpe del ’76 pensó en ahorcarse con su propio cordón umbilical para después pasar a ideas mejores, Ernán tiene un sentido justo de lo innato, y no al revés –de modo que es de esperar que haga algo más ingenioso con la plata –como cambiar la coupé italiana deportiva.
Sin embargo, a pesar de esa y otras plaquetas, mencionar su incorrección política es estéril: es un hecho que E. no se la agarra con nadie vivo ni real que no pueda ser convertido en ícono o emblema de la piedad normada: diosmonóculo, cáncersida, amigojudío, madresposa o annafrank. Hincha de Huracán montado sobre los hombros enanos de Trotsky, E. sabe (o gusta) de lo arbitrarias que son las oposiciones históricas en las que la piedad actúa –y sus viñetas escenifican confrontaciones hilarantes así de arbitrarias: Godzila vs. Supercerdo (o “Supercredo” –sic); TraiciLords vs. LindaLoveace (sic), Dr. Pene vs. Mr. Dildo.
Eso, y conocerlo en persona, nos puede hacer pensar en una ética tipo Dr. Jeckill y Sr. Oculto –ya que su personaje, pelado y parlanchín de ojos saltones, simula la antítesis de la persona de risa discreta bajo abundante pilosidad que él simula. Pero no es estética alter-ego lo que ensaya, sino –a costa de traer algo de los pelos: desdiferenciación: nos obliga a ver que él puede creer y no creer lo que su personaje dice. No “creer o no creer”, sino “creer y no creer”: leer.
Revenido de un país donde la revolución anticlerical falló, reinstalado en un país donde la subrevolución falló, ha ido convirtiendo un zig-zag orgánico desechable en línea de tinta filosamente bífida, decidido a cambiar aquella primitiva arma prenatal por el plumín elongado de seudo-super-macho: para ahorcarnos con él a todos y a él mismo -punketos chavitos recoletos todos- superando aquel primer conato de ajusticiamiento en una venganza más diversa, o sea más divertida, o sea, más justa.
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