Patrón de modernidad, y viceversa

Marcel Duchamp: una obra que no es una obra ‘de arte’. Marcel Duchamp en Fundación PROA desde el sábado 22 de noviembre de 2008 hasta el domingo 8 de febrero de 2009.

La presión del patrón que impone una obra como la de Duchamp vuelve imperceptibles ciertas fugas, menores y mayores: que los Porte-bouteilles o la Sculpture de voyage cuelguen sin referencia visible (5-1-2009); que la guía-educadora tenga dificultades para el francés (haciendo más evasivos ciertos sentidos principales de las obras); que la directora general aparezca editada en TV diciendo que Duchamp habría abandonado la pintura después de 1913… El patrón artístico que instala la obra de M. D. resistiría esas pequeñas fugas. ¿Pero qué pasa con desplazamientos un poco mayores?: Fountain instalada en una tarima sutilmente más alta que las que se ven en exhibiciones más severas; aseverar que en piezas como Air de Paris, D. pide creer en el contenido invisible de una ampolleta sellada -cuando podría decirse que en esa obra indica la fe o creencia compulsiva que exigió siempre toda obra de arte (directo desde su base cultual: no importa cuantos rostros distintos tengan, en la historia del arte, Venus o la Virgen cristiana). ¿Hay margen para preguntar retóricamente que "representaría" Étant donnés , o para usufructuar la crítica duchampiana sobre la relación copia-original al punto de presentar el facsímil proyectado de una obra como ésa? Quizá en ninguna exhibición sea tan fuerte como aquí la presencia del fósil, incluso en el sentido de la reconstrucción audaz de las partes perdidas: ¿por qué no se intentaron replicar las fisuras del Gran Vidrio? ¿No había encontrado D. en ellas una superación de las fronteras artesanales del arte que se le impusieron en 1912 frente a la visión de una hélice bélica?

En la reseña anterior para "Bosque" (en CCEBA), me quejé de que había poco sexo; aquí hay mucho, a condición de visitar la exposición en Proa de madrugada, sin la compañía de congéneres: así de represivo sigue siendo el parpadear de nuestro ojo social. Como ya se dijo, se ha escrito mucho, alto y bajo, sobre M. D., y fue muy generosa su clara elección por el fraude directo para evitar el análisis de la calidad aurática de la obra (patrón-oro según R. Krauss, en otro texto que el de aquí). Queda poco por ver, y así y todo no vemos (incluso): no queda nada claro, como dice Paz, que “pasemos del voyeurisme a la videncia”, que “la condenación de ver se convierta en la libertad de la contemplación”. Quizá sea así para D. o Paz, pero para la mayoría de nosotros sigue cercada esa libertad por una serie de elementos técnicos que aplanan o invisibilizan su origen libidinal: sean palas de nieve o picaportes, urinarios o envases de todo tipo: máquinas erógenas que se nos indican educativamente en una sala de arte, y luego salimos y seguimos postergando impunemente en nuestra “moral de escaparate” (no vemos la promesa de liberación del trabajo que la imagen de esas máquinas erógenas contiene –y que nosotros, que somos neuróticos globales, le imprimimos).

Otro desplazamiento que no me animo a llamar irónico: la cercanía de la alicaída réplica del Gran Vidrio (ese monumento al escaparate moderno: vidrieras donde el consumo industrialista promete indefinidamente el desnudamiento universal), con las vidrieras cegadas de Proa sobre la vereda. Ya que se nos invita a contemplar el renovado edificio, apreciemos los paneles vidriados que superan la separación interior-exterior… en las indiferentes zonas de escaleras –y la materialidad cruda de las chapas de hierro, como la madera y el hormigón crudos del patrón lavado de cierto “minimalismo” (¿?) globalizado. Coincidiendo reinaguración del edificio con las cualidades canónicas de estas obras-réplicas, la visión del patrón se refuerza: da pena tener que recurrir a un robo autoinflingido a unas cuadras de Proa para tener una mayor sensación de libertad que dentro de sus salas. Claro, yo tampoco entiendo: la an-estesia implica no pedir liberación al arte sino practicarla: "ni hacerse rico ni pasar hambre". Pero leemos esas boutades como (falsas) paradojas subjetivas, no como contradicciones del mundo de las que somos responsables: instalar un centro como Proa donde está, es progresista y es violento a la vez, dialéctica que no relevan las apologías periodísticas.

Para no terminar con esto (en todo sentido) y volver un poco a lo exhibido: ¿estamos tan seguros de no poder colocar Fountain a la altura de la pelvis (como se aprecia en una foto de los ’60), de no poder clavar Trébuchet al piso, de no poder pagar los ensayos de rotura del Grand Verre -tratándose de réplicas? ¿Estamos tan seguros del patrón que impuso la obra que podemos darnos el lujo de esas flaquezas?

Para no perderse: cara y pelo sueltos de Duchamp en el fragmento de Entr’acte que se proyecta –una de las proyecciones más benignas de las que se pueden ver aquí.

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