Teoría del proyecto

Criminal. Luciana Lamothe en Ruth Benzacar desde el miércoles 10 de septiembre de 2008 hasta el sábado 11 de octubre de 2008.

Quizás esta muestra de Luciana Lamothe me afecta empáticamente: durante la inauguración veo cierta sensibilidad hacia la idiotez de los planos; unos días después paso y encuentro el extremo de un ala constructivista de fenólico en el piso, desprendida por el peso de las cadenas que colgaban de ella. Contra los fabricantes de clavos que insisten en que un “proyecto-supera-a-otro”, para L. L. "proyecto" parece sinónimo de accidente motivado -como los choques viales, aunque aquí ilustrando un mundo más estático: piezas urbanas menores -tachos de basura, puerta de baño, maquetas de agudas arquitecturas y planos redundantes e inútiles. Los ensayos de vandalismo con que L. L. nos deleitó amplían quizás ahora su crítica cultural: una ménsula-proyectil amurada y con trapos atrapados en uniones poco elaboradas, puede remitir a los alternativos proyectos sin-alternativas que stars intercambiables prometen como el edificio más alto de Europa en Londres o Moscú, junto con restos de la impactante “caída” proyectual del 11-S –indicando que el mismo ingenio que delira con los vectores punzantes diseñó los pisos reticulados del WTC y las alas reticuladas llenas de combustible que los fundieron.
Digo que L. L. amplía su crítica cultural porque, si una primera mirada a los trabajos de una chica que malentiende el uso de las herramientas pudo haber visto una ironía de género, ahora nos enfrentamos desde el título con las raíces ambiguas del pensamiento proyectual (proyecto y crimen): esta exposición me hizo releer An essay upon Projects, de Daniel Defoe –y también su exégesis por parte de Tomás Maldonado en 1990.

En Defoe ya estaba el planteo radical de que frente a la necesidad -y la desesperación que deriva de ella- el criminal y el proyectista-inventor son hermanos: frente al “delivery universal de Muerte… los que rompen las fronteras de la ley para satisfacer la ley de la naturaleza” no están tan separados de los que “urgidos de las mismas necesidades tornan sus pensamientos hacia la invención honesta, fundados en la ingenuidad y la integridad”. Pero distinguir con Defoe el mero proyectista (“los maestros de astucia que desarrollan métodos de trucos y engaño”) del proyectista honesto es ya muy difícil, desde que unos y otros abusan del plan y de los planos. L. L. nos recuerda que proyecto y representación son hijos mellizos de Las Luces (lo que queda bien fechado por Defoe: fin de las guerras civiles e ingenio técnico coinciden -“the past ages have never come up to the degree of projecting and inventing, as it refers to matters of negotiation and methods of civil polity, which we see this age arrived to”.)

Defendiendo cierto ideal del proyecto de críticas supuestamente excesivas como ésta, Tomás Maldonado -en un libro de 1990- elige a Robinson frente a Defoe, la novela frente al ensayo, el proyectista práctico frente a la “proyectación ilustrada de política civil que se desarrolla al margen de las instituciones sin incidir en los centros de poder”. Dice T. M.: “en un mundo de objetos y procesos técnicos la proyectualidad es omnipresente. En tal contexto, la retórica de la antiproyectualidad puede tener un solo sentido: la capitulación acrítica frente a una proyectualidad que es realizada por doquier”. Claro que T. M. usa el término “retórica” proyectivamente (es algo que solo usarían los demás), mientras “omnipresente” pertenece a una retórica de creencia que no se sabe cómo sobrevive en su tan laica proyectualidad. “Se tiende a dar a esta crítica, en muchos aspectos pertinente, una dimensión exagerada procedente del error de identificar “proyecto” con “ideología” o con “plano”; ahorrándose un paso, L. L. señala la posible identificación de proyecto con “error”, señala la dimensión exagerada que la manía proyectual ha cobrado a través de un arsenal de instrumentos de corte-y-adherencia, que esconde el error de los fines bajo el éxito en los efectos. "Si no hay vanguardia hay crimen", escrito más de una vez en un rupestre de puerta de baño, es el juicio melancólico que descree de la ilusión racionalista de poder identificar el error en un contexto maníaco. Y aquí me permito el único debate con el clarísimo comentario del catálogo: L. L nos mostraría no tanto “una modernidad sin proyecto” sino una maraña de proyectos sin modernidad (que ya no se sabe lo que significa).
Esta muestra me produce empatía sobre todo al recordar la manía del concreto proyectista adulto que tomó el campo de la pintura como batalla juvenil y después como solaz de retiro –tal como vimos en la muestra de T. M. el año pasado en el M.N.B.A.

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