Gracias León

S/T. León Ferrari, Hernán Salamanco, Katinka Pilscheur en Braga Menéndez Arte Contemporáneo desde el martes 22 de abril de 2008 hasta el sábado 7 de junio de 2008.
Con curaduría de Bengt Oldenburg, Los músicos de León Ferrari estarán en la sala 2 de la galería Braga Menéndez.

En la sala más grande de la galería encontramos trece personajes antropomorfos de poliuretano expandido, el mismo que se usa para rellenar y aislar en la construcción de edificios. León Ferrari trabaja y experimenta desde hace varios años con este material, explotando sus asociaciones (con los hongos y nubes nucleares) y su autonomía creadora, ya que, una vez fuera del aerosol, la espuma de poliuretano sigue expandiéndose más allá de la voluntad del artista. En esta obra, los tonos son pop. Nueve de estos trece personajes forman un semicírculo, están montados en distintas sillas antiguas y tienen instrumentos musicales. Por ellos el título de la muestra. Enfrentándolos, más alejado y sobre la izquierda, en la entrada a la sala, hay un personaje de pie, con una cacerola y una cuchara. Hacia la derecha de los músicos, encontramos dos personajes con joyas, ubicados en sillas diseñadas por Phillipe Stark. A espaldas de los músicos, en el otro extremo y en un rincón de la sala, está el décimotercero: erguido, montado sobre un banco alto, con cientos de ojos de plástico en toda su superficie.
En el texto de la muestra, su curador, Bengt Oldenburg, el legendario crítico de arte, periodista y activista, habla del “vaciado de vitalidad”. También menciona la paradoja de estos músicos del silencio. Los asocia con los cuerpos mutilados por el napalm o los de las víctimas de Hiroshima.
Es cierto que, a simple vista, esta es una obra lúdica, festiva. Pero sabemos que León Ferrari es un artista crítico de la sociedad occidental y cristiana. En su vasta, intensa, comprometida y premiada carrera –coronada con el León de oro de la 52° Bienal de Venecia en 2007– denunció y cuestionó los perversos y retorcidos abusos del poder. Desde su emblemática y vigente obra La Civilización Occidental y Cristiana (un Cristo crucificado en un bombardero FH 107 norteamericano), pasando por sus Cartas a un general (donde el lenguaje se vuelve imposible, como acá la música, porque qué puede decir un padre destrozado por el dolor a un general genocida) o sus ilustraciones de fotocollages para la edición del libro Nunca más que publicó el diario Página/12 (en los que presentaba montajes con imágenes de la dictadura militar, el nazismo y la religión cristiana). A principios de 2004 su retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta fue objeto de polémica, censura y destrucción a manos de reaccionarios fanáticos. Esto, paradójicamente, le otorgó popularidad y la oportunidad de llegar a los medios masivos, permitiéndole expresar su coherencia ética y estética frente a un público que excede los límites del reducido circuito de circulación y difusión del arte.
Volvamos a Los músicos. Para hacer música es necesario escuchar al otro. La música es algo que se hace con otros, es comunitaria, social. Es también emotiva y racional. Un músico es un obrero, un trabajador. Tal vez, estas son las mismas razones por las que la música es una materia que ya casi no existe en los programas de educación, no vaya a ser cosa que eso se aprenda, lo de la comunidad, lo de hacer con otros, lo de escuchar, lo de lo social. Tal vez, también, es por eso que estos músicos están en silencio, alguien les ha robado su vitalidad. ¿Habrá sido ése que con su aislada, estridente y desafinada cacerolaclasemediaindignada pretende marcar el ritmo de su propio egoísmo liberal? No es probable que hayan sido esas otras dos, ajenas a todo lo que esté más allá de su oligárquico círculo. Ellas de alguna manera los explotan, sí, porque disfrutan de lo que ellos producen, pero no son las que les han robado el espíritu. No. Lo más probable es que haya sido el personaje del rincón, ése que puede ser confundido con un crítico, por sus infinitos ojos escudriñadores; o con un artista, alejado y distante, crítico de lo que ve. Pero también ése es el lugar y el aspecto de los poderes siniestros, que pretenden dirigir la orquesta tras bambalinas. Esos que controlan desde lo oscuro con sus miles de ojos, a espalda de los otros y ocultos (o no tanto, cuando la soberbia los hace creer impunes y se jactan de sus crímenes) juegan a ser dioses que todo lo saben, todo lo ven, y creen que tienen la autoridad para castigar sin piedad, de torturar, de sojuzgar y someter a otros desde su dorada, solemne, recta e incuestionable divinidad.
Ferrari es un artista indiscutido. Un verdadero milagro que todavía podemos disfrutar los argentinos. Alguien que nos muestra la verdad, sin velos, como debería ser un auténtico apocalipsis. Por eso, gracias León.

compartir