El campo del arte, o el arte y el campo.

1. Un día después de la conmemoración de la fecha en la que la más sangrienta dictadura militar y su modelo económico se instalara en nuestro país, los medios televisivos, gráficos y radiofónicos, inclusive los medios que circulan por Internet, se hacen eco de una situación que aparenta ser central en la discusión política y económica en el presente.
Las organizaciones que representan a los sectores sociales vinculados a la producción agropecuaria y agrícola en la Argentina fortalecen -un día después del 24 de marzo- sus medidas de protesta, como respuesta a las excesivas retenciones a las exportaciones de sus productos.
El campo (su paisaje, sus habitantes, sus mundos imaginarios) se ha pretendido como un protagonista central de nuestra “identidad”.
La clase social propietaria históricamente de la mayor cantidad de tierra de nuestro país no ha sido un protagonista menor en las luchas políticas, ¿no?
De su “capacidad productora de alimentos” depende la mayor parte de la población argentina, en gran medida.
¿O acaso la población se alimenta habitual y mayoritariamente con productos importados en su mesa familiar?

2. El campo (del arte) se ha pretendido como un territorio que potencialmente posee la capacidad de reflejarnos, de devolvernos alguna imagen propia.
A pesar de no adherir a esta única potencialidad de la práctica artística (el arte como herramienta de cambio es más acorde a mi punto de vista) me interesa hacerla parte de esta reflexión.
Las prácticas artísticas hegemónicas durante la década del '90 son por todos ya conocidas. No creo que haga falta producir más “archivos” referidas a ellas, pues no se trata –solamente- de protagonistas del pasado. Una buena parte de los intelectuales, teóricos, gestores, coleccionistas, funcionarios y artistas que fueron los responsables de la consolidación de ese paradigma de artista y de sistema de arte están hoy activos, incluso ocupando sitios dirigenciales en distintas instituciones públicas y privadas.
Las prácticas artísticas resistentes a esa hegemonía fueron encasilladas, clasificadas, pretendidamente museificadas y tironeadas por el mercado y el coleccionismo local e internacional. El nacimiento de una categoría patéticamente momificante (Arte y Política) ha sido la herramienta teórica de esta acción con objetivos neutralizadores.

El campo del arte funcionando literalmente como “el campo”: patrones de estancia propietarios de enormes superficies de poder legitimador de imágenes, inversores extranjeros proveyendo tecnologías necesarias para las nuevas condiciones de producción, estableciendo las condiciones de distribución de recursos materiales para los artistas, selección de la materia prima más acorde a la transformación necesaria (artistas sin voz, teóricos rufianizados, clonaciones).
Todo esto de modo simultáneo al desmantelamiento de la escasa infraestructura pública existente. Como en la Conquista del Desierto, la usurpación de los espacios para colocarlos al servicio de los intereses de una clase social. Solo hace falta –a modo de muestra, pues no se agota allí- ver las gestiones del Fondo Nacional de las Artes y el tipo de prácticas artísticas que ha fomentado esa institución durante la década en cuestión. El Estatuto de esta Institución es el mismo desde 1958 (creación de otra dictadura militar).

3. El campo del arte, o el arte como campo, ha aceptado de modo sumiso que la organización del mercado y el coleccionismo haya quedado en manos de agentes vinculados a la dictadura militar. Los últimos sucesos en la Fundación arteBA sólo hacen evidente esta dimensión, pero también… ¿qué es el MALBA?
¿Qué pasa con el arte y la política hoy, al calor de los sucesos protagonizados por el campo? ¿Qué tienen los artistas para decir al respecto?
¿Es posible permanecer en silencio cuando una parte de lo que está en juego, en esta disputa, es el acceso a los alimentos para nuestra población?

4. No hay texto sin contexto. No creo que se trate de ser K o antiK. Así como he adherido a todas las luchas por la memoria, la justicia y la verdad en relación al terrorismo de estado, propongo que los artistas pensemos de modo público, en todos los espacios posibles, existentes o imaginables, los modos de resistir a este modo “agrícola-ganadero” de nuestra cultura, pero sobre todo a los intentos de los que en su momento dieron forma a la pata civil de la dictadura militar y su modelo neoliberal, para generar hambre, miedo y silencio.
Propongo que del mismo modo que se hizo público el rechazo a la propuesta de Reynal en la presidencia de arteBA, los artistas firmemos contra el paro del campo.
Queda pendiente el modo de pensar el retorno de los gestores de los '90 a las políticas culturales post2001.

Eduardo Molinari / Archivo Caminante, Buenos Aires 26 de marzo de 2008.

por Eduardo Molinari, 26 de Marzo de 2008
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