Cuando la pintura cuenta la historia

Guillermo Alonso, el nuevo director ejecutivo del Museo de Bellas Artes, inauguró su gestión con cuatro exposiciones del ciclo Miradas hacia el Bicentenario, y con una restauración del edificio que consiste, más que nada, en el imprescindible barrido de los elementos que perturbaban la pureza de las líneas arquitectónicas de Bustillo.

Con el simple recurso de cambiar las puertas de ingreso, se recuperó la vista al exterior. Luego, el inmenso lobby que se abre hacia las salas y las dos escalinatas, al retirar la polución visual que generaban el shopping y los mostradores de recepción, ganó la magnificencia que estuvo oculta durante décadas.

Con el mismo criterio, se quitó la vieja alfombra del pabellón y se reubicó la tienda en un espacio hasta ayer desperdiciado. La nueva estructura del Museo, además de la jerarquización de los cargos, contempla la creación de un Consejo Asesor que desde la semana pasada quedó integrado por Nelly Arrieta, Adriana Rosenberg, Hugo Sigman, Silvia Fajre, Sergio Baur y Martín Redrado. Salvo que han olvidado dotar al Museo de un presupuesto para llevar adelante sus programas sin depender de la caridad, el diseño es excelente.

Pintura

Además de cambiar el continente, mientras espera el llamado a concurso para cubrir el cargo de curador, Alonso se preocupó por el contenido, y con este fin invitó al historiador del arte Roberto Amigo que presentó la exposición Las armas de la pintura. La Nación en construcción. La muestra, acaso la más importante en el género de revisión histórica que se haya realizado en el país, sobre todo teniendo en cuenta el exhaustivo texto del catálogo, investiga a través de la pintura un período breve pero crucial del pasado argentino.

El relato arranca al promediar el siglo XIX, con la batalla de Caseros y el definitivo triunfo del modelo de país centralista y liberal que se impone al federalismo del interior, y culmina en 1870, con la Guerra de la Triple Alianza que diezmó la población paraguaya. A modo de epílogo, la exhibición pega un salto secular hasta la Serie Federal, que pintó Luis Felipe Noé en los inicios de la década del '60 cuando, tras 26 asonadas militares y 6 intentos de golpe de Estado, el nuevo modelo de país desarrollista e industrial culminó de modo abrupto con un golpe militar.

La muestra se abre con una pintura del sanjuanino Benjamín Franklin Rawson, Salvamento en la cordillera. La escena evoca las recientes guerras civiles, muestra a los unitarios atrapados en la nieve tras una derrota, y a Sarmiento que los auxilia. Toda una metáfora. Pero más allá del sentido, Amigo analiza la dificultad que implica para Rawson construir esta «máquina pictórica», y agrega que «visitaba con frecuencia el taller Monvoisin para estudiar su manera de pintar, en especial la de los cuadros históricos».

El curador abre así varios campos de investigación que configuran un atrapante relato. En primer lugar, rastrea en el cuadro de Rawson la influencia de Monvoisin, coteja el anciano del primer plano con el Aristomenes del maestro, y observa que los tres suplicantes del grupo central están tomados literalmente de La balsa de la Medusa de Géricault.

En segundo lugar, Amigo estudia los personajes: en el grupo está retratado Sarmiento, «vestido con poncho y galera, el general Gregorio Aráoz de Lamadrid, Juan Crisóstomo Alvárez -ensimismados por la derrota- y José Joaquín Baltar, responsable del fracaso militar como segundo del Chacho Peñaloza, que discute con Sarmiento».

En tercer lugar, subraya que la pintura le hace un inestimable favor político a Sarmiento, «al presentarlo como hombre de acción contra el rosismo». Es decir, a lo largo de toda la muestra, Amigo descubre la intencionalidad de las imágenes, y así cobran forma las verdades y también las mentiras de un arte convertido en herramienta de los intereses políticos.

En estas visiones de un país idealizado, hay un quiebre con El asesinato de Maza, la dramática pintura de Prilidiano Pueyrredón que muestra cómo apuñalan al juez en el momento que le escribe a su verdugo para pedir clemencia por su hijo que, en los hechos, fue fusilado al día siguiente por orden de Rosas. Se trata de una de las escasas representaciones de violencia del arte argentino, tema que aborda con franqueza la literatura desde sus textos fundacionales, pero parece ser el tabú de la pintura.

Cuando el italiano Luis Novarese pinta una Buenos Aires victoriosa después de Pavón, la obviedad propagandística de los retratos con la cinta color punzó había terminado. Pero el curador destaca: «Los artistas se dedicaron entonces a pintar derrotas para convertirlas en victorias, una enseñanza, al fin de cuentas, mitrista». La exhibición destaca el cambio de estilo que se produce al advertir que la pintura histórica no suscita una respuesta emotiva. En el capítulo dedicado a El ciudadano armado, la acuarela de Pallière perteneciente a la serie Patrulla de la Guardia Nacional en la Plaza de la Victoria, los personajes se embanderan con la retórica del coraje patriótico.

Las imágenes forjadas con vistas al porvenir demuestran que la pintura se convierte en un «arma» al servicio de los vencedores, pero con dos estilos bien definidos. Por un lado, está el academicismo heredado de Europa, que configura el imaginario del liberalismo triunfante y, por otro, el americanismo de las batallas de Blanes quien, entre otras obras, pinta por encargo de Urquiza la historia de las victorias militares que consolidan su poder.

En este contexto se destaca, por su presunta objetividad, un paisaje panorámico de la Guerra del Paraguay de Cándido López. El pintor mira la escena desde un punto de vista elevado que genera un clima de irrealidad acentuado por la escala reducida de los soldados. Las figuras diminutas como un juguete, parecieran indicar la estatura que el hombre adquiere en la guerra, en un mundo «como el de las hormigas, donde los dolores, los sentimientos, la muerte, se vuelven invisibles», según observa el editor Franco María Ricci en un texto que le dedica al pintor.

Sólo después de la muerte de López, en 1902, se conocerían sus pinturas de los ejércitos en retirada, desnudando los muertos, rematando los heridos. Pero entretanto, su arte, como aclara el curador, resulta «funcional para los discursos nacionalistas y militaristas de fin de siglo, que justificaban aquella guerra total y fratricida».

La audacia de la muestra, consiste en extender el planteo curatorial casi hasta el presente con la «Serie federal». «Cuando los argentinos, un siglo más tarde, nuevamente debatían qué modelo de nación deseaban, Noé se permitió reflexionar sobre la fuerza de la pintura para activar la historia. Desde su perspectiva, el 'caos como estructura' es, tal vez, la forma certera para hoy evocarla», sostiene el curador.

Con Noé, la pintura deja finalmente de ser ilustración para encarnarse en la historia que, allí está, en la materialidad de esos cuadros rojos, viva y con el carácter abrumador y sangriento de nuestra realidad.

La muestra se completa con obras de Ignacio Manzoni, Carlos Durand, Waldemar Carlsen, Baldassare Verazzi y Francesco Aguero, provenientes del Museo Histórico, el Palacio San José, el Complejo Museográfico Enrique Udaondo, el Museo Mitre, la Asociación Unione e Benevolenza y colecciones particulares.

por Ana Martínez Quijano, 25 de Marzo de 2008
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