Crímenes banales de Ananké Asseff

Autor de la reseñaDolores Curia, 4 de Diciembre de 2007
MuestraCrimenes Banales
EspacioCC Recoleta
Artista(s)Ananké Asseff
Técnica(s)Fotografía
Inauguración14-11-2007 10:00
Cierre16-12-2007 10:00
El miedo como disparador

¿En qué punto lo absolutamente familiar se acerca a lo extraño y hasta a lo siniestro? ¿Puede un elemento particular, por sí solo, ser el responsable de este viraje violento? ¿Es éste capaz de representar y gestar, a la vez, un discurso puesto en circulación y retroalimentado constantemente, que produce prácticas concretas y transformaciones en los hábitos y las representaciones sociales de los sujetos? Crímenes banales, la obra de Ananké Assef, parece tener algo que decirnos al respecto. La impresión inmediata que los impasibles rostros de los personajes de las fotografías de cuerpo entero provocan en el espectador adquiere, repentinamente, tras el descubrimiento del arma que cada uno de ellos porta con indiferencia, un carácter sobremanera perturbador.

La muestra, constituida por obras fotográficas, que tiene lugar en el Centro Cultural Recoleta, puede pensarse como un recorrido ascendente que consta de tres etapas, durante el cual el grado de realismo y crudeza de la experiencia se desenvuelve progresivamente, erigiendo una atmósfera cada vez más tensa.

Potencial, el punto de partida, es un conjunto de fotografías de tamaño real de personajes que sostienen semejante instrumento - máquina de matar - con indiferencia y naturalidad. Sin necesidad de posar apuntando, inquietan. El tamaño de las fotografías, la nitidez impecable de las imágenes, las expresiones impávidas en los rostros de los fotografiados, la sensación de cotidianeidad que brinda la fotografía en interiores son factores que dotan de cierto realismo a la experiencia sensorial del espectador. La atmósfera es cada vez más densa y pesada, sobre todo, si el observador se coloca en una posición central dentro de la sala, quedando así, acorralado por estos personajes armados cuya inacción se vuelve ferozmente amenazante. El fierro-fetiche es un disparador de las más variadas connotaciones, probablemente, tanto para el espectador como para su poseedor.
Los fotografiados se encuentran rodeados de indicios que señalan a la clase media argentina. A dichos personajes, que suponemos que cuentan con cierto nivel adquisitivo y cultural, la lectura de Mafalda, una biografía del Che, la ostentación de un diploma o el criterio estético que les ha permitido elegir los cuadros que lucen en sus paredes, no los exime de caer en el discurso y las prácticas de la justicia por mano propia, reproduciendo el primero y materializando las consecuencias concretas de las segundas.

En un segundo momento, el grado de tensión se incrementa, la quietud de las fotografías es ahora reemplazada por la dinámica de la imagen-movimiento. Vigilia, convierte al espectador en voyeur, espía de momentos de máxima intimidad, colocándolo frente a un grupo de personajes que pierden el sueño en la intimidad de sus hogares que, paradójicamente, se han vuelto poco hogareños. El arma de auto-defensa frente a posibles amenazas externas, puede invertir su función, traicionar. Esa misma bala puede terminar perforando el cuerpo equivocado, el cuerpo amado, por lo menos, eso dicen las estadísticas: entre accidentes y crímenes pasionales, la calle parece ser más segura que la casa.

Un escalón más arriba en nuestro camino de ascenso, la atmósfera inquietante y la impresión de realidad de la experiencia sensorial vivenciadas por el espectador alcanzan su clímax. En Rueda de reconocimiento, video instalación interactiva y última parada del trayecto, el espectador debe sumergirse solo en una habitación vacía y en penumbras para simular lo que sería parte de una pericia policial de identificación de un supuesto agresor. Aquí, al comienzo, el observador se encuentra en una posición dominante, ejerce - simbólicamente- su poder sobre los sospechosos. Los roles se invierten, poco después, cuando estos manifiestan su identidad y disparan contra el espectador. Este tercer momento del recorrido explota las potencialidades de la imagen-movimiento en tamaño real y el sonido. Aquel voyeur que, al entrar en la habitación, fue juez, ahora, en posición de dominado, se encuentra, de repente, desnudo y vulnerable.

Hacia el final del trayecto, y luego de experimentar, sobre todo en el tercer y último momento de la obra, una violencia terminante y abrupta, la adrenalina desciende, los sentidos bajan la guardia, y comprendemos, al fin, el poder mecánico e impersonal del revólver. Intuimos el potencial simbólico y, sin embargo, brutamente real que este elemento particular, por sí mismo, es capaz de encarnar.

Más info sobre la artista en http://www.boladenieve.org.ar/?q=node/291

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