Jorge Di Paola (1940-2007) por Daniel Guebel

Jorge Di Paola (1940-2007)
Por Daniel Guebel

Cerca ya de los cincuenta años, uno puede decir que conoció a muchos hombres de talento. Eso no es raro, talento sobra a lo largo y a lo ancho del país. El mundo desperdicia talento a cada rato. Pero lo más difícil, lo raro, excepcional y hermoso (para citar un long play de los Bee Gees), es que a lo largo de la vida conozcamos a una persona de genio. Yo tuve esa suerte al conocer a Jorge "Dipi" Di Paola. A Dipi lo conocimos, Sergio Bizzio y yo, en las mesas del bar La Paz, cuando valía la pena ir a ese bar. La conversación era interesante, las personalidades deslumbrantes (para seguir con la rima, Miguel Briante en una mesa, Fogwill en otra, Dipi en una tercera, a veces los tres juntos). Hoy, por supuesto, a La Paz no van más que oficinistas que miran las decoraciones de acrílico y se preguntan en memoria de qué ilustre escritor fantasma te cobran 8 pesos el exprimido falso de jugo de naranja. Pero en aquella época… Además de humo y chistes y charla había mujeres –mucha poetisa insomne al estilo de Alejandra Pizarnik, mucha chica empastillada- y la promesa de enamorarse y enamorarlas. Dipi mismo, creo, salía con alguna de ellas, o con varias. La que yo le recuerdo entraba a La Paz luciendo una boquilla de nácar en la que ardía un cigarrillo extralargo y una capa negra extraídem que juntaba buena parte de la basura del piso que de otra manera hubiera tenido que barrer Oscar, el mozo tucumano. Yo también salía con una petisa, que no era poetisa sino actriz aficionada. Era tan petisa mi novia que si se ponía en puntas de pie podía darme un beso a la altura de mis tetillas. A veces a mi petisa le agarraba un ataque de nervios y me pegaba un sopapo y después caía desmayada al piso. La cuestión del tamaño también me unió a Dipi, aunque no fuera la única afinidad perceptible.
Me acuerdo que a Dipi lo conocí en La Paz, pero no cuando ni cómo. Sí sé que enseguida me cautivó su conversación: yo iba a escuchar, no a hablar, porque no tenía nada que decir. Al segundo o tercer día Dipi me designó (como a tantos otros) su discípulo, lo cual era una manera falsamente democrática de nombrarme conde, duque o ayuda de cámara, porque él era por supuesto un rey en el exilio. Al cuarto o quinto día –aunque esto pudo haber pasado uno o dos años más tarde– tuvimos una discusión sobre Malvinas, la única discusión que tuvimos nunca, y Dipi amenazó con cagarme a trompadas. Realmente, no recuerdo el tenor de las posiciones. ¿El era anglófilo y yo nacionalista católico? ¿Yo dije que vencer a los ingleses era la manera de reencontrarnos con nuestras esencias prehispánicas y antiimperialistas y Dipi me dijo que no fuera pelotudo y yo le dije "vos a mí no me decís pelotudo" y él me dijo "yo te digo lo que quiero"? No sé qué pasó. Sí me acuerdo que me asusté. Pelearme con Dipi, más allá de quién ganara o perdiera, hubiera sido algo impensable, como cometer un crimen de lesa majestad. Majestad, monarquía, rey en el exilio y corte… Esto me lleva a la cuestión de las genealogías. En su infinita cortesía –otra palabra de cuño aristocrático– Dipi dejó que se le atribuyera una pertenencia y un legado; de él se dice que a su vez fue discípulo de Gombrowicz. Tal vez él mismo lo siga diciendo aún, yo no lo sé porque hace mucho que no nos vemos y este día no sirvió para actualizarnos del todo. Lo que quiero decir, o destacar, es que lo hecho por Dipi es mucho más arduo que la gesta gombrowicziana. Gombrowicz creó un círculo y utilizó su obra para crear su fama, lo que no era tan difícil, debido a que su figura tenía rasgos promocionables muy evidentes. No había manera de que a largo plazo la intelectualidad argentina se abstuviera de caer rendida a sus pies, independientemente de lo que pudiera pensar de sus libros. Yo creo que Dipi, hipotético discípulo, siguió el camino inverso: Dipi fue abandonando a lo largo del tiempo los seguros brillos de su figura, recorriendo un camino de exilio –aquello que en otras épocas se llamaba "el exilio interior"–, dejando todo atrás, montando en pelo al caballo que él se inventó (aunque podría habérselo prestado Briante), para escribir una obra que una vez se hace se arroja hacia atrás, con el gesto lujoso del gaucho que come asado y tira los huesos a sus espaldas. La obra literaria de Di Paola es fragmentaria, gloriosa: su calidad está en relación inversamente proporcionalidad a su visibilidad. Quizá esto sea un gesto deliberado o no. ¿Leyeron Minga? ¿Alguien, acá, además de Dipi, que lo escribió, y Bizzio y yo, y Roberto Jacoby que la presentó, y quizá alguno más de esta mesa, leyó Minga? Minga, Ediciones de la Flor, no recuerdo qué año. Minga es una novela genial, extraordinaria, el único libro que yo recuerde que hace del fragmento y lo casual y lo azaroso su sistema, que exhibe sus procedimientos como un valor y el humor como una bandera. Es el libro de un escritor gaucho. Exagerando un poco, podríamos decir que desde Martín Fierro hasta Minga, en la literatura argentina no se escribió nada. Claro que Dipi está más cerca del Fausto Criollo…
Para terminar. Yo propondría a Dipi desde ya para el Premio Nobel, si no fuera que los premios se dan a las carreras y no a las obras. Pero me gustaría ver a Dipi recibiendo ese millón de dólares del premio, para ver qué hace con la tarasca. Ese día va a ser una fiesta.

leído en Tandil en 2005

Jorge Di Paola nació en 1940 en Tandil. Publicó un libro de cuentos, La virginidad es un tigre de papel (1974). Escribió para Panorama, Confirmado y La Opinión, y fue uno de los fundadores de la revista El Porteño. En 1970/71 vivió tres meses en la verdadera isla de Robinson Crusoe, donde buscó tesoros e historias de piratas y se perdió una noche en un bote en el Océano Pacífico. Publicó Hernán (1963), una obra de teatro prologada por Witold Gombrowicz, y la novela Minga! (1987). Escribió en colaboración con Roberto Jacoby la novela de espionaje Moncada. Este texto fue leído en el 2005 por Guebel en un
homenaje que se le realizó en la ciudad de Tandil, donde vivía.

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