Itinerarios de un lector real

Itinerarios de un lector real
Acerca de la obra literaria de Jorge Di Paola Levín
por Ricardo Pasolini
Tandil, abril de 2007

En la Navidad de diciembre de 1987, quien unos años más tarde iba a ser mi suegra, me regaló la novela MINGA, de Jorge Di Paola. En términos de efectos vitales, el dato no era menor. Por un lado, el regalo invertía positivamente hasta su anulación, el difundido preconcepto peyorativo acerca de las suegras como enemigas infinitas, lo cual limitaba en las decisiones futuras la apelación a argumentos clásicos… Por otra parte, me colocaba en el lugar de un lector adicto que nunca más pudo sustraerse al embrujo literario de Di Paola.

Y digo Di Paola pues en esta época Dipi era para mí Di Paola, un autor de quien me separaban casi 30 años, por lo tanto, no teníamos experiencia histórica compartida; un tipo que deambulaba por las calles céntricas de la ciudad como un flâneur provinciano, alguien que alzaba la voz desmedidamente en ese ámbito de sociabilidad lumpen, de rockeros residuales, ex militantes políticos y universitarios recién llegados a la cultura local, como lo eran las mesas de “El Cisne”, en fin, un escritor de quien había leído una crítica literaria en la revista Humor en donde se señalaba a MINGA como una “novela enloquecida”, y que me había atrapado por la extrañeza de los contenidos de la crítica.

Sin duda en esa percepción de la obra, se ilustraban todos los elementos que actuaron en su destino literario y mercantil. MINGA quedó como una novela de culto para lectores iniciados, no sólo porque en ella hay novedades literarias sino también porque la crítica de mediados de los ’80, reinstalada luego del Proceso la noción del compromiso político del escritor, prefería mirarse en el espejo de la Teoría de los dos demonios. La novela, entonces, sólo podía pensar el pasado cercano, ahondar el problema político argentino y los orígenes de la violencia, esto es, la ficción como un racconto del itinerario argentino que iba de Isabel a Videla. Así, era evidente que el clima de época imponía límites a la variabilidad de los gustos, y en ese contexto, ese gran escritor que fue Osvaldo Soriano, cosechaba los elogios que el clima de época posibilitaba.

Advertí de inmediato esta situación cuando la leí. En MINGA no había patria sino universo, no había historia cercana sino tribulaciones del ser, -aunque hoy estas nociones puedan acercarse, no era así en el ‘87-, no había certezas sino ironía como un modo de pensar la existencia del mundo; no había héroes sino un antihéroe, Pablo von Paulus “dominado por el pensamiento formal en medio de las situaciones de hecho”. Y si el recurso al absurdo está casi omnipresente, sólo está allí como una forma de la inteligencia humorística a lo Alfred Jarry en Ubú rey, a lo Rabelais, y por qué no, como el Gombrowicz de Ferdydurke, maestro en la ética literaria de Di Paola más que en las formas del relato…, porque si hay una contestación que une a estos autores, ella se basa en el papel subversivo del humor, que por definición supone una mirada anti-establishment de lo real.

Está claro que en el ‘87, no había lectores para esta literatura en parte porque la experiencia histórica, como un relato romántico del siglo XIX, impuso su dramatismo, es decir, un carácter trágico de pensar y sentir la recuperación democrática, que dejaba sólo en las cofradías marginales el goce de tan interesante libro. El modo irónico no tenía lugar en una clave de interpretación extraliteraria, una estructura del sentimiento dominada por el heroísmo, por la exaltación de los ’70, o mejor, de los derrotados en esos años duros, en fin, dominada por el elogio de la creencia política. Y como se sabe, Dipi -que siempre fue un progresista-, estaba lejos de los encasillamientos ideológicos y políticos. Del mismo modo, siempre escapó a las modas literarias. De hecho, llevó al extremo su noción irónica, cuando en MINGA utilizó la nota a pie de página como un modo de autocrítica literaria. Es decir, Dipi se reserva en las notas un lugar para el no-escritor, para otra instancia de la verdad, que a veces interviene impugnando la propia historia que se está narrando. Ya Borges en “Pierre Menard, autor de El Quijote ”, había introducido el recurso al pie de página y la cita literaria para afirmar con datos eruditos una ficción que era decididamente apócrifa o fantástica. El método de exposición científica ayudaba a la verdad de la ficción. En Dipi, en cambio, el recurso se vuelve potenciación irónica, complejizando los niveles de realidad en la literatura. En un contexto literario dominado por la lucha entre buenos y malos, Dipi escribía calidoscopicamente como el Musil de El hombre sin atributos o como Durrell en El cuarteto de Alejandría. Y si por momentos las tribulaciones de Pablo von Paulus en MINGA recuerdan el itinerario de Ignatius Reilly en La conjura de los necios de John Kennedy Toole, es sólo para ahondar en el carácter universal y no epocal de su literatura.

Porque para Dipi lo real es diverso, y en la documentación de la experiencia vital de lo real quizás se exprese la novedad de su literatura: así lo hace en “Camaleón en el Espejo”, uno de los cuentos de su libro LA VIRGINIDAD ES UN TIGRE DE PAPEL, donde reflexiona con la metáfora de la capacidad mimética de los camaleones, sobre la inevitable necesidad del otro para la construcción existencial del ser. Escribe Dipi: “somos incapaces de aseverar, incapaces de negar que nos miramos a un camaleón adosado a nuestro espejo, y que con otro en la navaja nos afeitamos. En este espejo que se empaña con su propio aliento de camaleón, el desdichado, que sólo puede tener su figura cuando otro de su especie se apoya sobre él.”

O como en HERNÁN, su poema dramático publicado en 1963, donde el protagonista, luego de una serie de enredos, traiciones, incestos y hasta un asesinato, se pregunta: “¿es que lo semejante escapa a lo semejante?”. Es decir, cuál es el papel en el mundo del otro igual a mí que no soy yo. Recuerdo una de nuestras charlas cuando le pregunté sobre la diferencia entre la literatura y la filosofía. Yo había ido con una argumentación que se apoyaba en Italo Calvino. La tesis de Calvino era la siguiente: ambos espacios debían ser extraños conocidos, mirarse con desconfianza para no contaminarse, pero mirarse como en un juego de espejos. Dipi dijo: “se me ocurre que la diferencia está en que la filosofía discute ideas con conceptos, mientras que la literatura discute ideas con historias…., pero no sé, porque éste es ya mi segundo whisky”.

He hablado de MINGA, de HERNAN y de LA VIRGINIDAD…, podría hablar de EL ARTE DEL ESPECTACULO, o MONCADA; el libro escrito a dos voces y vía email con Roberto Jacovy. Pero sólo serían éstos otros tantos comentarios marginales de un lector-admirador, que sólo alcanzó a vislumbrar algo de la versatilidad creativa de Dipi. Así todo, he querido presentar algunas experiencias de lector real a modo de homenaje al acto creativo, una referencia a los textos más que al autor, y un elogio de la literatura como otro modo de pensar. ¿Y por qué no? El elogio de una mente brillante con una vida difícil a los ojos del observador acrítico… He querido encontrar algunas ideas fuerza, alguna continuidad estilística y temática en la obra de Dipi, nada más para señalarlas, porque “hay una obra de Dipi”, y es la que le ha dado ese lugar de escritor de culto con que la prensa de Buenos Aires solía estigmatizarlo (para bien o para mal), aunque aquí como allá nadie advirtiera que ese capital simbólico podía ser también una carga muy pesada.

Comencé siendo un lector de sus libros, luego un investigador de su obra debido a mi profesión (la experiencia literaria de Dipi se cruzaba tangencialmente con mi investigación sobre los intelectuales argentinos), y ahora que no está físicamente creo ser su amigo. Mi deuda es inconmensurable. Debo decir también que de la lectura y de nuestras charlas matutinas en el Liverpool Pub, es decir, entre obra literaria y experiencia de vida, hay en Dipi una recurrencia que alimenta las dos dimensiones, y no porque su literatura sea autobiográfica. Nada de eso. Esa recurrencia es el deseo de entender con historias tanto en la vida como en la literatura. Por eso, la literatura de Dipi no es ociosa. Por eso, sus novelas y cuentos pueden “ocurrirle” lejos de la lógica del mercado y cerca de la potencialidad de las preguntas vitales. Como decía Borges de sí mismo, se sabe que se es escritor antes de escribir siquiera una línea.

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