El deseo de viajar

El deseo de viajar
César Aira sobre Minga en revista Fin de Siglo, febrero 1988

Esta deliciosa novela de Jorge Di Paola es una historia de desplazamientos, contigüidades, separaciones y simultaneidades. En una palabra, es un viaje, pero un viaje que no toma como medida nuestros sueños más desorbitados, sino las fantasías más posibles, un viaje apenas en ómnibus, en camioneta, a pie, por un círculo nada exótico del centro-sur de la provincia de Buenos Aires. El punto de partida y llegada es un puelblo de esos que hay por ahí al que los personajes llaman Huyamos-de aquí, lo que podría ser la traducción del nombre aborigen de, por ejemplo (y por dar un ejemplo cualquiera, al azar), “Tandil”. Más todavía que un viaje, Minga es un deseo de viajar, de desprenderse, de ser feliz (por qué no?; un deseo que se deplaza entre al autor y el lector, y no se asienta en ninguno. En ese sentido, es un expermiento, muy logrado, de realismo. En efecto, si una historia nunca llega, por definición, a lo real, el deseo que crea sí es real. Casi demasiado real, como la nostalgia de algo que hubiéramos perdido.

La novela argentina (y esto recién lo advierto al leer Minga) ha sido una topología de la inmovilidad, una saga de fijezas. Nuestros héroes han sido, de modo característico, los que preferían morir antes que cambiar de lugar. Pensemos en Arlt, en el final desolado del Juguete Rabioso, donde la esperanza de irse es un sarcasmo; en el círculo conspirativo, de exarcebada fijación, en el que vive Erdosain, en el mundo estatuario de El amor brujo. O en la crucifixión de los destinos que opera Puig. O en todas las novelas, buenas o malas, con que podemos identificar lo novelesco argentino; cualquiera de ellas nos demostrará la imposibilidad de trasladarse: Marechal, Sábato, Mallea, Viñas, Cortázar. El tema del exilio, en los últimos años, llevó a a su apoteosis esta característica. Y creo que ejemplos anteriores que parecen desmentir la regla, en realidad no lo hacen, por ejemplo la Excursión a los indios ranqueles de Mansilla, pese al tema, establece una fijeza de orden más radical todavía, que es la de la voz del narrador, empalado impiadosamente en su sillón de charlista de club, de donde no puede correrse un milímetro.

Aquí, en cambio, hay algo muy nuevo, un efecto (que es el más literario de los efectos), de “otra” literatura. La identificación de Di Paola con Gombrowicz lo ha vuelto una especie de extranjero por partida doble (y nula), un hombre de fábula, como su maestro, un descubridor de extrañezas que vuelve visible lo que es visible, la clase de hombres que encuentra el estilo en un cambio de lugar, y que ya no lo verá en ninguna otra parte. Pablo von Paulus, el protagonista de Minga, que es un matemático, piensa y viaja al mismo tiempo, y ninguna de las dos actividades interrumpe a la otra: al contrario, llegan a confundirse. Von Paulus, y el pensamiento de Di Paola, vagabundean por igual: no puede extrañar que en una distracción del segundo, el primero pierda su Teoría. Esta simultaneidad, muy de Gombrowicz, está llevada al relato en dos plano. Por un lado, asistimos todo el tiempo a lo que pasa “a esa misma hora” en el mundillo pueblerino que constituye el pensamiento del personaje (su bienamada, su pretendiente rico, un matrimonio amigo, una sirvientita). Por otro, la prosa del relato funciona como un reloj de a acción (un reloj análogo, señala el sutilísimo autor, pero que da la hora de modo digital); es un prosa de la simultaneidad, de la continuidad-contigüidad, de la felicidad-facilidad. Ante un estilo tan brillante como éste suele hablarse de las “felicidades de expresión”, que en realidad, por manifestarse en la forma de un corte, suelen ser lo contrario de la felicidad de leer (el plural ya es sospechoso). La única felicidad de leer es poder seguir leyendo, y algo, o más bien mucho de eso hay en Minga.

El punto de partida es una teja. Pablo se lanza a viajar en el atontamiento que le produce la noticia de que a su mejor amigo lo ha matado una teja. Es difícil tomarse en serio la muerte de alguien decapitado por una teja (así nomás, sin explicaciones; se supone que fue una teja que voló por un viento fuerte). Es casi un atentado a la verosimilitud, un desplazamiento de la lengua a la acción como si “teja” fuera un performativo (y podría serlo: el imperativo del verbo “tejer”, para regocijo de los textualistas). La solución de un Raymond Roussel habría sido construir una exactísima trama en la que la teja se volviera necesaria. Di Paola parte en la dirección opuesta, la de una máxima contingencia. Simplemente, no se ocupa más de la teja. Sigue la línea del “procedimiento-teja”, es decir el desplazamiento, el pasaje entre lengua y realidad, entre capas de verosímil. Parte, se va, sin equipaje, huye hacia delante, hacia el suave deseo de viajar del lector. Al final, hay una huida en la noche. El comienzo y el fin de Minga son sendos homenajes a Gombrowicz: la teja, que es algo así como la “servilleta” de Los Hechizados y el memorable cierre de Ferdydurke. En un punto equidistante, en el preciso centro de la novela, un homenaje a Miguel Briante, otro gran escritor que también se ha ocupado de continuos pasajes, demoras, reflejos y visibilidades. En realidad no debería hablar de “homenajes”, sino de “continuos”, “pasajes”, y todo lo demás. Di Paola no es un discípulo, sino una parte de una maestría general, impersonal, errática y divertida, la Literatura, que su trabajo nos permite volver a disfrutar. Se lo agradecemos.

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