Bienal de arte Venus: Historia de un ovillo

Jorge Di Paola
Ramona 31 abril de 2003

Bienal de arte Venus: Historia de un ovillo

Más que el comentario de una instalación es el relato de un asombro, todavía electrizante, de una noche de marzo, en Tandil, ciudad de la provincia de Buenos Aires donde vivo, desde siempre. Después de contarlo tantas veces entre amigos, decidí llevarlo al papel, siempre con el temor de no encontrar un estilo claro para transmitir, sin traicionar, los hechos y sensaciones de esa jornada.

Cuando entré a Casa Chango, el espacio en el que se desarrollaba la Bienal de Arte Venus, lo hice sin apuro, con ganas de tomar un trago y recorrer tranquilo las salas. Sobre todo con muchas expectativas nacidas de comentarios acerca de los trabajos de un artista local, un tal “Chiquito Maggiori”, extremadamente huraño, que expondría por primera vez -y única- un video que llevaba 29 años de producción. Además, sabía algunas otras cosas de él: que vive en una fábrica abandonada, que tiene relación con algunos grupos herméticos y que, al modo de los viejos alquimistas, manipula los metales y los simbolismos con un objetivo particularmente esotérico. Tal como era de prever, prevaleció el “no mostrar” sobre el “mostrar” tan característico y se negó a presentarse en la Bienal.

Superada esa primera frustración, comencé a recorrer la muestra. Ya en el patio me encontré con una pequeña fila de gente que aguardaba el ingreso a una instalación, la de Mariella Palmieri y Alejandro González . Antes de pasar el umbral, me dieron un discman y eligieron un tema, como si cada persona requiriera de una pista de sonido diferente. Entonces me explicaron que la música era parte de la instalación, aunque ya hubiera sido expuesta sin sonido, por Mariella, en su casa de Resistencia (Chaco, Argentina).

Cuando dejé la pequeña antesala y bajé hacia la instalación quedé paralizado.Ya entenderán, a su momento, el porqué.

Del techo colgaban siete paneles de acrílico.Cada uno formado por dos placas, aproximadamente cuadradas, separadas unos diez centímetros, que contenían figuras recortadas en papel, como cáscaras de manzana sacadas en un solo corte. A su vez, cada panel tenía su propia luz, en un lugar estratégico, dentro de la figura.

Uno de ellos estaba vacío. Simplemente, los acrílicos contenían el vacío Sobre el piso, en el centro de los colgantes, una gran luz negra realzaba las figuras sin que el conjunto dejara de ser difuso.

Es una derrota anticipada intentar describir el recorrido de cada una de esas pequeñas luces. Se refractaban en la transparencia de los acrílicos, de apariencia leve, cruzando la habitación en todos los sentidos imaginables.

Quedé allí por espacio de varios minutos hasta que Alejandro entró, asustado por la tardanza. Como a todo el mundo, me preguntaron por las sensaciones experimentadas y lo hicieron con un minigrabador en mano. Estaban recabando información para confeccionar apéndices de la obra. Ya ni me acuerdo qué dije en ese momento. Lo único que sé es que pregunté si alguna vez habían escuchado acerca de Hermann Uhde Von Bernays. Jamás habían escuchado ese nombre. Era la respuesta temida.

Los datos que tengo de Von Bernays no son muchos pero alcanzan para no olvidar jamás su nombre. Baste decir que fue un viejo editor de Munich que reunió a un grupo de amigos, todos intelectuales, que a menudo recurrían a su negocio para editar ejemplares de poca tirada. La mayoría de las veces acerca de temas que poco importaban a los ajenos al grupo.

Von Bernays sabía del caso de un millonario francés que tiempo antes había contratado a cientos de pensadores con el único propósito de inventar un planeta, o mejor dicho, un mundo, para el que había que crear desde la física hasta las lenguas que se dividían conforme una geografía también inventada. En fin, sabía de ese caso y después de compartirlo, invitó a sus amigos a iniciar una empresa mayor: crear un universo finito.

No se detallan los argumentos que utilizó ese día para convencer al resto del grupo, sólo que varios años más tarde se habían acumulado manuscritos de todo tipo y tamaño y hasta láminas, que al estilo de los viejos alquimistas, ilustraban la forma que podía tener ese universo.

Una de ellas, la más simple, hecha a mano alzada, mostraba siete complejos de estrellas que giraban en torno a un eje, representado por una gran luz. Uno de los complejos estaba sugerido: debía ser invisible, pero ocupar un espacio idéntico al del resto.

Esta lámina y unos pocos apuntes sobre la empresa de Von Bernays forman parte de un pequeñísimo volumen publicado por su editorial: Delphin Verlag München. No se detalla la cantidad de ejemplares impresos pero sí el nombre del taller. Al respecto, las posibilidades son dos: que Von Bernays haya hecho ese trabajo exclusivamente para quienes participaron de la aventura o que el libro fuese editado por un empleado del taller tras su muerte.

¿Cómo llegó esta información a Tandil? Un ejemplar apareció en un refugio de montaña, en la zona del Tirol tras el paso de un regimiento alemán que marchaba, durante la Segunda Guerra Mundial, hacia el frente italiano.

Los Dellai, bisabuelos de mi esposa y propietarios de ese refugio, llegaron a la Argentina en 1949. En su pequeña biblioteca de volúmenes sellados con el nombre del hotel viajó un ejemplar sin sellar, el de Von Bernays. Largo tiempo estuvo en Bariloche, incluso a disposición de los esquiadores del por entonces flamante Hotel Catedral. Después llegó a Tandil junto a decenas de ejemplares de letras góticas cuando la familia se mudó.

Ahora lo tengo yo, acompañado de una traducción casera, transcripta a máquina, que pacientemente realizó la “Oma” Dellai, en una época en la que se me había dado por las investigaciones acerca de invenciones cosmogónicas y estaba construyendo mi propio “museo hermético” a partir del editado por Taschen.

Más tarde, en la introducción de una edición no menos vieja pero argentina de “Sobre la Teoría de la Relatividad especial y general”, el libro en el que el mismo Albert Einstein, en 1917, explica de una forma amena las implicancias de su teoría, se hace una referencia rápida a Von Bernays, citándolo como uno de los primeros editores del científico, cuando Einstein residía en Berna.

Todos sus primeros trabajos, entre ellos “Sobre el movimiento browniano”, fueron difundidos en Alemania gracias a la imprenta de Von Bernays. ¿Habrá formado Einstein parte de este grupo o habrá mantenido simplemente una relación comercial? La cercanía entre ambos es alimento para las imaginaciones propensas a filiaciones intelectuales.

Entenderán, entonces, el asombro al ver en uno de los espacios de la bienal la materialización exacta de esta cosmogonía inventada a principios de 1900, con escasa difusión desde entonces, tal vez porque muchos de sus autores fueron parte de la devastada reserva alemana en los distintos frentes de batalla.

¿Qué relación pudo haberse estrechado entre Mariella, quien vive en Resistencia (Chaco), y esta imagen, producto de una aventura intelectual elucubrada en una anónima imprenta de Munich? Se me ocurre ahora que las posibilidades de un universo inventado son finitas y que los mecanismos que ponen a trabajar un filósofo, un científico o un artista tienen un origen común, alejado pero no lo suficiente.

Al pasar entre los paneles de Mariella pensé que así se tendría que haber sentido Dios –en caso de que un solo ser fuese responsable de este universo- al cuidado de sus mundos, como si se tratara de un meticuloso jardinero. Se lo dije y el comentario la asombró, ajena a la tormenta que pasaba por mi cabeza.

Cuando salí y le pregunté por Von Bernays comencé a pensar en él y su grupo de amigos, en los lazos que atraviesan el tiempo y el espacio, como rayos de luz, siguiendo las ondulaciones de vaya a saber qué fuerzas y acercando realidades, como si se tratara de un ovillo en el que las puntas se aproximan por un extremo pero se separan enormemente por el otro.

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