La virginidad es un tigre de papel

La virginidad es un tigre de papel
La Flor, 1974

Contratapa del libro
por Enrique Raab

“Los amigos de Jorge Di Paola no se sorprenden de que él haya elegido el cuento como paso inicial de su oficio de escritor. Basta oirlo hablar: afecto a las formulaciones breves, suele rematarlas con una sola palabra que valoriza – o se burla- de las parcas palabras anteriores. Agobiado por enfermedades psicosomáticas, casi siempre achacoso de un pie, un hombro , una cadera. Di Paola sabe muy bien que esas incomodidades son su manera, muy simpáticas, de canalizar la angustia. Cuando los amigos comienzan a desoír esas quejosidades, él –con tacto exquisito- no insiste: tanto Di Paola como sus amigos ya saben que esa puntada feroz tenía que ver con ese cuento no resuelto y que la jaqueca que le impidió dormir durante dos noches se le dio, justo, cuando reescribía aquella otra historia cuyo borrador había escrito a los dieciséis años.

Cuando la enfermedad no despierta interés está el recurso del café: “podríamos bajar a tomar un café” –me dijo hace poco Dipi (y obsérvese, analizando ese apodo, que Di Paola se las ha arreglado para abreviar su propio apellido, sin embargo bastante breve). Y después de una corta pausa, pedantemente literaria redondeó: “Aunque, pensándolo bien, para qué sirve tomar un café?”

No quiero pasar por ingenuo: no estoy proponiendo que la producción de un escritor deba parecerse, a la fuerza , a la imagen que de él conocen sus amigos. Dipi es breve y sorprendente y varios de los cuentos de La Virginidad es un tigre de papel son también breves y sorprendentes. Pero, con la mano en el corazón, quién hubiese imaginado que este encantador neurótico-compulsivo, siempre ansioso por tomar un café para hablar de su clavícula derrengada, llevaba dentro de sí la carga dostoievskiana de “Caballos sin titán’? O que fuese –tan luego él , con su gesticulación corta y abrupta- el instrumento literario para la escritura de “Parpadeos”, una de las perfectas descripciones de ese lento proceso bioquímico que es –que le vamos a hacer- la vida?

No hay caso: imposible seguir negándole esos cafés a Dipi, aunque cuando él los proponga uno esté reventando de trabajo. Solo así habrá garantía de no asombrarse tanto cuando leamos su próximo cuento, ese que nos traerá mañana o pasado, entre murmuraciones por un dolor de muelas y quejido por un fémur desenchufado. Quienes lo conocen mucho, aseguran que después del cuarto café, agotados los temas médicos, el encantador personaje Dipi crece hasta las alturas espectaculares del Dipi escritor. Juro que tomaré con él esos cafés, próximamente. “

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