Caprichos de la lectura

Caprichos de la lectura

“Esta manera de leer en intensidad, en relación con el Afuera, flujo contra flujo, máquina con máquina, experimentación, acontecimientos para cada cual que nada tienen que ver con un libro, que lo hacen pedazos, que lo hacen funcionar con otras cosas, con cualquier cosa... ésta es una lectura amorosa.”
Gilles Deleuze.

No se trata de complicar algo tan simple, pero presentar esta antología de reseñas escritas por Jorge Di Paola es un verdadero reto. Mientras la preocupación por encontrar novedosas formas de escritura y lectura marca el campo en el que la crítica se reproduce sin dejar de reclamar a los libros un principio que los justifique, es necesario admitir que esta selección permanecerá injustificada. Por supuesto que podrían construirse suficientes interpretaciones originales. Sólo sería necesario atender a la resonacia interna de estos textos, participar de su eco, incluso intentar amplificarlo. También se podría proponer para este pequeño libro una tarea trascendente como la de afirmar, no sin un poco de humor, la heterogénesis de fines en la literatura. O simplemente se podría indagar en estas reseñas esa verdadera teoría de la lectura que se encuentra apenas sugerida. Pero lo cierto es que sólo contamos con la expresión caprichosa de lecturas antojadizas.

Y así este libro pemanecerá esperando una justificación mientras sus palabras reanudan la actividad aparentemente abolida. Porque todo texto literario provoca una tensión, un movimiento simultáneamente sensible y comprensivo. Y si uno de los desafíos de toda antología es establecer un esbozo de coherencia en la diversidad, hacerlo a partir del capricho es al mismo tiempo determinar una amplia superficie de indiscernibilidad.

Entonces se podrá objetar que si la lectura es un capricho, si estas reseñas son la objetivación de lecturas caprichosas, en todo caso sería conveniente aclarar la dinámica de esta afección lindante con lo irracional. Pero la pertinencia de este libro tal vez radique justamente en la posibilidad de conjurar ese peligro. La razón es sencilla: el capricho es literalmente un salto que evade la convención, es el deseo irreflexivo que huye de la arbitrariedad. Y por eso mismo es creador. Es un salto que conecta, que crea y que muy pocas veces posee el carácter de la institución.

La extraña diagramación de este libro es posiblemente un buen ejemplo. En un principio fue la caprichosa presentación un falso enigma sin solución: el de determinar si este libro se encontrará dentro de los que Di Paola ha escrito o dentro de los que no ha reseñado. Luego se trató de atender, con esmero y paciencia, a los diversos modos de inbricación de los elementos en cada composición y de los diferentes momentos en el proceso creativo. Tarea evidentemente absurda que sólo se reveló como tal cuando, con sabiduría y afecto, Jorge Di Paola me invitó a extraer del trabajo la seriedad que lo contiene: “imaginemos por unos instantes que todas las críticas desaparecen para siempre de la superficie del universo y el fuego de las estrellas vuelve imposible recuperar un protón de todo ese trabajo. Acaso alguien se acordaría en una reunión frívola de la divertida situación por la cual unas reseñas se perdieron para siempre”.

Pero lo cierto es que aquí están estas reseñas, las rigurosas composiciones que Jorge Di Paola ha logrado separando lo sutil de lo grosero. Sólo ahí reside el secreto del verdadero oficio que imprime en un texto la fugacidad de la lectura. Mediante un siempre delicado y lúcido juego de provocaciones la palabra ha sido cansada hasta lograr su cristalización, propiciando gemas singulares y la posibilidad de abrir las formas mediante la fatalidad de un juicio preciso, la sobria ocurrencia del humor que emana del trabajo serio o la simple inquisición sorpresiva.

Las dudas subsistirán, pero algo se habrá transformado: el capricho es también el paso inicial y la forma límite del movimiento de las marionetas. Y como aun no hemos pesado ese trabajo ambivalente en el cual sujeto y objeto convergen, tendiendo a confundirse; tal vez sea necesario no tomar demasiado seriamente estas palabras y leerlas como una reseña más, otra posible superficie donde reanimar caprichosamente el pequeño ejercicio de la sospecha. Porque aun cuando todas las críticas desaparecieran, seguramente continuaríamos vacilando ante la oportunidad de adivinar un fuego tenue que firmemente insiste en irradiar.

Lucio Arrillaga
Agosto de 2006

1
Caprichos precisos.

Renglones que se miran.

Mediodía, por Julio Ortega. Buenos Aires, Sudamericana, 1970. 171 páginas.

Harry Levin afirmaba que desde Joyce “se han incrementado enormemente las dificultades para ser novelista”. Julio Ortega –peruano, autor de varios volúmenes de teatro, poesía y crítica literaria, profesor de la Universidad de Pittsburgh– no las ignora: de cara a esas dificultades escribe Mediodía, una novela sobre la escritura de esa novela, una crónica sobre la imposibilidad de esa crónica, que se insinúa y se quiebra con cuatro capítulos o parágrafos (suerte de Morellianas) en los que reflexiona, muchas veces con agudeza, sobre las imposibilidades, o cansancios, de las fabulaciones habituales y la gama de sus técnicas. De todos modos se advierte que hubiera sido posible una lectura de reminiscencias, o también de lo que Ortega llama “miseria testimonial”. Un coro de personajes nos habría sido presentado; una, o varias, aventuras se habrían desplegado y la fantasía, la pesadilla y el humor no habrían estado proscriptos. Tampoco una narración, que Ortega rasga y explora minuciosamente a favor de sus obstáculos, pero que deja su huella. Es precisamente en estas huellas, en estos residuos de relato donde el novelista Ortega descuella, quizá contradiciendo su deseo de hallar “otras medidas”. Porque en su voluntad de exploración no va mucho más allá del Cortazar de Rayuela, y sus momentos narrativos (algunos teñidos de ágil parodia) son excelentes.

Panorama 166, 30 junio 1970.

¿Una discípula de Beckett?

El retoño, por Gisela Elsner. Seix Barral, Barcelona, 1970. 200 páginas.

Se interrogó Heinrich Böll: “¿Por qué ninguno escribe la alegre novela sobre este floreciente país?”. Su pregunta, ese sobre, no sumerge a este escritor inteligente en un malentendido que perdura, separando los elementos de la tríada escritor-lector-crítico (curiosa división del trabajo: los lados de este prisma refractan una misma luz, el lenguaje). Es la especial ceguera de quien no alcanza a ver que la literatura es un espacio propio, sin dejar de ser el sartreano “espejo crítico”. Por otra parte, se frecuentan obviedades (o resistidas, o aceptadas así no más, para aplacar su carácter corrosivo): se es vivido por los símbolos, las tesis del realismo son limitadas y facultan a que, por un curioso rebote, la realidad no entre por el aro. Pero estas mentadas obviedades corren el riesgo de ser una nueva comodidad, un descubrimiento liso que vendría a tranquilizar, a suavizar, a embotar el asombro; cuando de lo que se trata es de rechazar todos los ídolos, intentar vivir con la tensión de pensar lo nuevo.

Extrañamente, semicavilaciones semejantes proceden de la lecctura de este texto de Gisela Elsner. Un comentarista acierta al expresar que la autora es una discípula – en sentido figurado– de Samuel Beckett. Pero ¿cuál es el matiz? En Beckett, la misma escritura se distorsiona, enfrenta sus propios límites (queda la sospecha de si tras un límite hay otro territorio). En los libros de Beckett, el drama entre las palabras y su referencia en el mundo se ha ido transformando en una cada vez más pura tragedia verbal, en la búsqueda de un silencio fundamental. Es entonces cuando habría que ver a Elsner en su diferencia con Beckett, ya que las comparaciones inventan identidades imaginarias. La novela de la escritora alemana respira, sin duda, una atmósfera análoga: su cotidianidad dilatada, su apego a lo monstruoso o grotesco, una lentitud asfixiante hasta la incomprensión: “... que ese animal con alas y que cacareaba, llamando gallina, y aquel huevo mudo, redondeado, inmóvil (..) no tenían nada que ver entre sí...”. Pero la escritura de Beckett pide “no ver símbolos”, reclama adquirir la facultad de una lectura que se repliegue sobre sí misma y se agote, objeto a la vez espléndido y mohoso. El retoño parece no intentar ese esfuerzo: la mosntruosidad de ese mundo virtual de devaneos narcisistas en torno a un cuerpo casi cósmico condenado a la autoobservación y al crecimiento, un cuerpo sujeto a una múltiple cadena de dependencias ¿por qué lo reenvía al mundo?

Panorama 191, 22 diciembre 1970.

La presencia de la historia.

Al vencedor desconocido, por Hans Erich Nossack, Caracas, Monte Avila, 1970. 110 páginas.

Cita Sade, en sus Reflexiones sobre la novela, al humanista Duet: “... el término novela se aplicaba a la historia, y posteriormente el mismo se aplicó a la ficción, todo lo cual es prueba suficiente de que una deriva de la otra”. Este acertijo fascinante de Hans Erich Nossack, enclavado en la arista entre la verdad y la verosimilitud, entre las huellas de los hechos y su suceder real, dota a esta ficción de reverberaciones y fulgores que excitan la inteligencia en sus zonas limítrofes, allí donde ella comienza a reclamar imaginación en un grado mayor.

No es, por cierto, el único mérito de este libro del autor de Pruebas inadmisibles, pues también la riqueza de Nossack se revela en la arquitectura que erige (y en la forma de no dejarla pesar) y en el subrepticio que los cartógrafos revelan. En Al vencedor desconocido la historia pierde el carácter, si se quiere, de fatalidad, para recuperar a la cotidiana y azarosa tarea (muchas veces inadvertida, o simplemente dada) de los hombres, para ganar el lado que necesariamente debe obviar la historia crítica. Por otra parte, pareciera imponerse que el mejor comentario de este libro deberá llegar a ser el trazado de un “modelo reducido”, no exactamente la narración de su trama sino la elaboración de otro relato que recuperara su estructura al mismo tiempo que la fuera revelando, o que al menos la sugiriera.

Kurt Hinrichs hijo, el “Profesor Exacto”, escribe un libro sobre los acontecimientos revolucionarios del período entre 1818 y 1923, en Alemania, consultando toda la documentación existente para desvirtuar las afirmaciones de los nazis. Un misterioso personaje llamado Hein es considerado en esas páginas (que llevan el mismo título que el presente libro) como un genio estratégico, de fugaz aparición rectora. Poco o nada se sabe de él, excepto que descolló en la dirección de la sublevación.

La noche del compromiso del profesor, su padre, gran bromista y exitoso comerciante, le elogia el libro y le plantea algunas dudas. “Nadie pierde el tiempo en documentos y cosas análogas; hay mucho que hacer en estos momentos”, dice a su hijo. “Lo mejor será seguir las huellas del mozo, imaginar ser el propio Hein y entonces pensar cómo hubiéramos actuado en su lugar (...). No se debe subestimar al individuo, sería un error.” Entonces el padre, entre bromas, toma el lugar de Hein, ese vencedor desconocido: “Bien, hijos, las cosas deben haber ocurrido así: pernocté en...”. De este modo, desde la página 54 a la 67 desgrana la historia, “como si” se hubiera tratado del propio Hein. De este modo llena las lagunas que encuentra, no obstante considerarlo excelente, en el libro de su hijo.

Dieciocho años despues de la noche de compromiso del “Profesor Exacto” y de este relato que lo fascinara por “plasticidad”, el hijo queda convencido de la real identidad del Vencedor Desconocido, su propio padre. Un traje viejo, que “no constituye prueba alguna”, resulta el eslabón que une repentinamente a los otros, dispersos a lo largo del libro como en “una visión”.

La validez de este acertijo no reside por cierto en el ingenio, en el diseño maestro de la composición de los detalles, sino en la presencia de la historia como el elemento (en el sentido en que el mar es el elemento en que se nada) de la vida de los hombres, en la visión del vaivén incesante entre ellos y la historia que hacen y los hace.

Panorama 199, 16 Febrero de 1971

El filo detrás de la sonrisa.

Isla de verano, de Erskine Caldwell, Emecé, Buenos Aires, 1970, 208 páginas.

Caldwell centró el universo de su literatura en el campo de una miseria que elevó a la leyenda sin que dejara de participar del grotesco, creando la sospecha (o, más bien, la certeza) de que ese grotesco –como el de sus maquinales y al mismo tiempo conmovedores pesonajes de El camino del tabaco– es el producto de la miseria. Parece decir que los hombres, sometidos a sus necesidades primarias, gravitan alrededor de la imperiosidad de satisfacerlas, convirtiéndose en autómatas; y un autónoma es un hombre deshumanizado; y unhombre a quien el medio deshumaniza, pone en cuestión a la sociedad a la que pertenece. Es que la comicidad de algunos de algunos aspectos de la obra de Caldwell revela un filo cuando se abre la sonrisa.

Isla de verano, última novela de un narrador caracterizado por la transparencia de su relato y de su escritura, apunta a otra miseria, menos inmediata, que pone en entredicho a la misma sociedad. En esta novela se presenta el mundo de los adultos a un adolescentes, Steve, quien seguramente no esperaba sino pasar parte de sus vacaciones y no aprender otra cosa que a pescar bagres y encender fogatas pero, que gracias a si tio Guthry (una persona conmovedoramente excelente) conoce la tesis de Caldwell, esto es, que ven juntos la ignorancia y el prejuicio y que las malas personas, como Troy, no sólo abundan sino que pueden ser comprendidas sin ser justificadas. Narrador admirable, Cladwell sobrenada la sana ingenuidad que balancea su ironía: él es un maestro de pequeñas escenas absolutamente verosímiles que logran perdurar, de simples e inolvidables diálogos.

Panorama 216, 15 junio 1971.

Palacios y también cabañas.

Las ciudades del mundo, por Elio Vittorini. Barcelona, Barral, 1971. 377 páginas.
Ascética, cristalina, construida de pequeños gestos, habitada por personjes sencillos y rotundos que vagabundean por los caminos, esta novela póstuma de Elio Vittorini (que comenzaa en 1952 y no pudo terminar) quiso aspirar a una totalización alegórica del mundo y se aproximó sin duda a ese resultado. Puedo llamarse Los derechos del hombre, título de trabajo que reemplazó por Las ciudades del mundo; quizá en el rebote entre estos dos títulos puedan encontrarse indicios acerca de su sentido.

Trata de Sicilia como lugar, más que geográfico, simbólico, “isla universal”, enclave de la oposición naturaleza-cultura y del antagonismo de las clases. Es una narración despojada a la que marcan el amor por los personajes (que de inmediato acceden a la mitología, sin perder su carne) y donde la creación de un espacio poético, luminoso, reenvía a todos los espacios (o a cualquiera) en su generalidad concreta sin casi ninguna de las señales de la historia, pero no sin la historia misma, sus efectos y sus causas.

En esta novela de Vittorini, las ciudades (Caltanissetta que puede ser Samarcanda o Jerusalén) tienden a ser la sede de una alegoría que a la vez comprenda el triunfo del hombre sobre la naturaleza (pero también su relación con ella) y el lugar donde se establezca una nueva unidad social. “De todos los lugares donde había estado, repetía, era su país, Sicilia, el que con mayor claridad le señalaba que el mundo estaba cambiando. Explicaba que allí veía aparecer la nueva aurora, sin que nada de la oantiguo se detruyera ni fuera relegado al olvido”

Panorama 221, 20 de julio de 1971.

Las vueltas del ovillo.

El fallo, por Antonis Samarakis. Seix Barral, Barcelona, 1971, 209 páginas.

El autor de esta novela, un ateniense de 52 años que alguna vez fue condenado a muerte por lo nazis, ata y desata los hilos de una trama fascinante, dibujada bajo la tranquila superficie de los días.

Dos agentes del Servicio Especial, la rama represiva de un régimen despótico, apresan y custodian a un sospechoso, el hombre del Café Deportivo, a quien han detenido bajo acusaciones oscuras. Incocente o cupable, el sospechoso será objeto de un experimento, de la puesta en práctica de un plan “perfecto como un crimen perfecto”, demoníaco en su afabilidad: los agentes evitarán toda aspereza, amañarán su acoso hasta transformarlo en una apariencia de cordialidad, como si hubiera habido una distracción en el odio y el desprecio: la “amistad” reemplazará a la tortura, pero más probablemente serpa metamorfoseada en un momento de ella. Considerada como objeto, se tratará a la víctima como a un igual y se la someterá a sutiles tensiones emocionales. Esos “cambios de presión” intentan que el acusado “explote” y se delate a sí mismo. No hay pruebas de su culpa, se ignora si el hombre del Café Deportivo pertenece a la conspiración que deben desbaratar. Pero a los ojos de los agentes la inocencia es sospechosa, en un girar obsesivo y amenazante que transforma los hechos y las palabras más triviales en códigos.

Novela de una arquitectura virtuosa cuyos pilates están sostenidos por la humorística inocencia de gestos cotidianos y leves en los que se teje una malla atroz, El fallo se vuelve sobre sí misma, trasciende la intriga, recupera la esperanza y reencuentra al hombre en las grietas del plan y del sistema.

Panorama 227, 31 agosto 1971.

El fuego cosmicómico.

Las sirenas de Titán, por Kurt Vonnegut Jr., Minotauro, Buenos Aires, 1971, 247 páginas.
Filoso, cruento, ágil, el libro de Kurt Vonnegut Jr. ejecuta las cabriolas zumbantes de un trompo. La riqueza variable de su inventiva no carece de una ética fantástica, de una religiosidad dada vuelta como un guante, burlona, y melancólica a la vez.

William Niles Rumfoord “había conducido su nave espacial privada hasta el corazón de un infundibulum-cronosinclásico”. Como resultado de esa incursión se desperdigó en todas direcciones. Algunos cuerpos celestes interceptan, en algún momento del recorrido de su órbita, el manojo de ondas (es decir, a William Niles Rumfoord y a su perro Kazak), y el fenómeno se materializa. Consecuencia: Niles puede ver todos los aspectos de la realidad y más allá de las limitaciones temporales. Kazak, menos omnipotentemente, ladra.

“Si existe lo que se llama ángeles, espero que estén organizados siguiendo los métodos de la mafia”, sentencia Rumfoord en un epígrafe. A su entender, la organización puede ser también un motor para el bien. Y procede en concecuencia: elige a sus víctimas, crea un culto obstinado y paródico (“el nombre de la nueva religión es la Iglesia de Dios, el Absolutamente Indiferente”), un cordero (Malachi Constant, suerte de Job de sociedad de consumo) y un sacrificio colectivo. “Ocúpate de los hombres y Dios Todopoderoso se opupará de sí mismo”, pronuncia en su sermón.

Una escueta referencia argumental no alcanza a sugerir la amplitud de sus registros, que varían de la opresiva saga del Ejército de Marte a la fantásticamente plácida “pastoral” de Titán, al tierno episodio de Mercurio. El fuego sarcástico de Vonnegut, sus chispas irónicas, su destreza narrativa,configuraran un relato original y fascinante.

Panorama 236, 2 noviembre de 1971.

Sin distinción de grados.

Rosa, por Maurice Pons. Centro Editor. Buenos Aires, 1971. 126 páginas.

Pocas veces se puede afirmar que una historia es deliciosa, que la confluencia de la fantasía y del rigor produce un texto único y fasinante. Rosa admite la exaltación categórica.

El relato (irónicamente) adopta las formas de una crónica “fiel” de extraños acontecimientos, presuntamente ocurridos durante el siglo pasado en el principado de Wasquelham. El método aparente es el de la reconstrucción histórica de estos sucesos que alarmaron, “no sin razón”, al Estado Mayor del antiguo principado. El coronel conde Aureliano de Feldspath asistirá, estupefacto, al fenómeno de una inquietante deserción. Aquí se produce, entre la intriga y la revelación de lo fabuloso, un movimiento de sutiles parodias, de guiños al lector, de vivos escándalos en el hito entre la razón y los sueños. El capitán Malard, afecto a los cálculos (acaso como evasión de la tiranía de su mujer) y encargado de la investigación, también desaparece. Las incógnitas del problema han sido formuladas matemáticamente, barridas en una red de abscisas y ordenadas. Traducido al fin este lenguaje formal, se recuperan las pistas que conducen a la taberna de Rosa. La espléndida hembra es sometida a un interrogatorio (uno de los momentos más bellos del textos): Se descubre que ella jamás ha hecho el amor con civiles; que, por el contrario, adora la milicia sin distinción de grados. También ha descubierto que en las filas de Felspath hay muchos hombres desgraciados (este aserto de Rosa conducirá a la revelación del misterio). Pero en el comentario no pueden descubrirse, en beneficio del lector, los hilos rojos de la trama, ni su nudo central.

En la novela de Maurice Pons, la ciega destrucción final de toda alegría configura una parábola antimilitarista que no cesa de emitir la luz real de la paz y la vida.

Panorama 240, 30 noviembre de 1971.


Los azahares de Zoraida.

La mecánica, por Carlo Emilio Gadda. Barral, Barcelona, 1971, 127 páginas.

Es la primera novela de Gadda, compuesta entre 1928 y 1929, con excepción de un capítulo redactado cuatro años antes. Sólo a fines de 1969, acaso demasiado por sus seguidores, se decidió a publicarla.

Si bien La mecánica pareciera esbozar el dibujo de un triángulo (una mujer y dos hombres), los degados trazos y las particularidades de la relación irregular encierran un grafismo más complejo y fértil, e incluyen una superposición de figuras: los rasgos civiles de una sociedad en guerra.

Luigi, el marido de Zoraida (un cuerpo destinado a la dicha, describe Gadda), está en el frente con la resignación no rebelde del optimista “autodidacta”. Paolo, un joven de 19 años (“de aquel cuerpo estupendo, ágil, flexible, fuerte”), ante la imagen de Zoraida esperándolo, pensaba: “Nadie podrá impedir nuestro amor”. Pero lo notable de esta breve novela no es el modo de mostrar la historia erótica, sino el modo de sumergirla en una substancia más amplia, convirtiéndola en el gránulo de la corriente de una narración que abarca a ese fragmentado año 1915. Es, también, el modo de desplegar las voces de un país en guerra, las voces del lado no cambatiente. Gadda diseña un relato colectivo, esta vez (a diferencia de El zafarrancho aquel de la Vía Merulana) en una prosa fluida, no obstante algunos énfasis más bien irónicos. La mecánica contiene ya los gérmenes del desarrollo futuro del autor, la capacidad de estructurar un centro verbal inusitado; sin duda, que haya vacilado en publicarla durante tanto tiempo hay que ponerlo a cuenta de su subjetividad.

Panorama 241, 7 diciembre de 1971.

Hay amores que matan.

Locas por Harry, por Henry Miller. Barcelona, Barral, 1971. 127 páginas.

En el prologo, Henry Miller admite que su estilo es la síntesis de las formas dramáticas. Que esta pieza es un anómalo melodrama. También refiere que ya en Nexus dedicaba “algunas páginas alucinantes” a su primer intento de escribir una comedia en 1926 o 1927. Veintitrés años más tarde emprendería la redacción de Locas por Harry.

Lo complace, al menos, haber logrado romper el hielo. Al fascinado lector de Miller, ese zorro en celo que accedió a una dimensión cósmica del sexo, que hizo del acercamiento de los cuerpos una alegoría de la vida y de la libertad, lo asonbrará esta caída en el alma, en un velado espiritismo.

La incongruencia es, en esta pieza, mayor que la cohesión que podría prestarle su desenfreno alocado. Si –aunque después lo niegue– se adscribe a algunas teorías de Antonin Artaud y al teatro de vanguardia, a Beckett y a Ionesco, hay que aribuirlo a un malentendido. Locas por Harry es casi una comedia de equivocaciones, con ráfagas de absurdo, de yuxstaposiciones más o menos surrealistas, pegadas con saliva en un argumento bastante trivial, latoso.

Harry huye de Jeanie, encuentra a una Chica que resulta amiga de aquella. La Chica, prostituta, lo mantiene pero de pronto quiere cambiar de trabajo y amarlo sólo a él. Aunque también hay otro, el Joven, que sabe algo de filosofía y es tierno. Aparece Jeanie cuando Chica no está. Apunta a Harry con un revólver y, según lo que diga, lo matará o no. Aparece Joven. Luego, en la escena VII, hay tres muertos. Jeanie y Harry descubren que se aman. Ella lo sabía. Parece un poco tarde. Quizá este espiritualismo yace, en Miller, bajo la exaltación del cuerpo.

Panorama 254, 7 marzo 1972.

Las voces de los hombres.

Campeón, por Ringgold Wilmer Lardner; Buenos Aires, 1971, Centro Editor, 159 páginas.
En un pequeño pueblo norteamericano un peluquero monologa con un cliente; un empleado de una compañía de gas intenta reemplazar su trabajo por la poesía, y vivir de ella; un caddy observa a los golfistas; en un hospital, una enfermera habla con un paciente; un millonario recibe a un periodista. Pequeñas escenas cotidianas, momentos densos, iluminaciones, desacuerdos, ocultamientos revelados, configuran los hilos de la trama que urde Ring Lardner (1885-1933), tejida con la misma substancia evocativa del cronista, con una precisa fidelidad imitativa del lenguaje coloquial. No habría que olvidar que Lardner es un precursor de la literatura norteamericana moderna. De este modo es posible evitar, ubicándolo en el tiempo,la sensación de encontrarse ante una literatura muy humana, muy respetuosa por la vida, sí, pero algo insatisfactoria como objeto verbal. Hay que enfrentarlo en su limpia pureza, rescatar sus dotes de agudo observador, su calidad comunicativa capaz de acercar a la imaginación experiencias ajenas, fábulas de los hombres.

Entonces, desde ese ángulo, sus relatos ganan un lugar muy preciso en le lector. Porque la ilusión creada por la mimesis del lenguaje hablado conmueve y sorprende. “Corte de pelo”, “La luna de miel de oro”, “El nidito” (y también los otros ocho relatos), tienen la sugestión de un momento vivido inesperadamente, y súbitamente revelado. Al mismo tiempo, su influencia podrá detectarse en las letras norteamericanas, culminando, acaso, en Hemingway.

Panorama 255, 14 de marzo de 1972.

Las puertas que no se abren.

Noticias sobre Christa T., por Christa Wolf. Barral, Barcelona, 1971, 83 páginas.

Esta novela no tuvo un destino coincidente con el de Der geteile Himmel, que alcanzó una gran difusión y concentró tanto el éxito (200 mil ejemplares en corto plazo) cuanto los elogios. Noticias sobre Christa T. fue reprobada por “Neues Deutschland”, el órgano central del Partido Comunista de Alemania Oriental, acusada de “inconsecuente”, y se afirmó que su fundamento estético era el pesimismo. Si bien el libro fue reivindicado más tarde (por el semanario polaco Polityka), la discusión en el seno de los paises socialistas de Europa Oriental parece ser otro atractivo para los editores, que informan sucintamente sobre el conflicto.

Es difícil aceptar que el pesimismo sea un “fundamento estético”; no lo es tanto reconocer que Noticias sobre Christa T. (cuyo fundamento estético, en todo caso, es el realismo poético) deriva hacia un pesimismo humanista, que la cultura occidental no sanciona.

Christa Wolf posee un lenguaje entrecortado, hecho de reflejos indirectos, de alusiones y elusiones. La novela narra, más que a un personaje –Christa T.–, el proceso de su construcción, la interacción entre ella y su narradora, que es menos neutral de lo que parece a primera vista: acaso su interés por esa vida “a quien no le cuadra ninguna de las palabras elogiosas que nuestro tiempo, incluido nosotros, hemos proferido. Aunque quizá le cuadren algunas, si bien es cierto que en un sentido diferente del usual”.

Entonces, ese curso narrativo –nunca del todo completo, siempre exigiendo al lector participación y esfuerzo– se transforma en una reflexión sobre la vida individual en el seno de una sociedad. Se trata de una pequeña vida, no exenta de magia ni de sugestión, que se reconstruye en parte por el testimonio de la narradora –una compañera del colegio– y en parte por medio de fragmentos de cartas. Porque Christa T. necesita escribir para comprender lo que le sucede; necesita demostrar que no se conforma con las cosas ya dadas, es decir, que se trata de un ser que pone las cosas en entredicho, y que se sitúa inestablemente en el mundo.

Es en este núcleo de pequeñez donde, paradojicamente, la novela crece y se despliega. Porque esta pequeñez es un truco. Christa T. resulta entonces la alegoría de la vida individual en el seno de una sociedad que progresivamente la desplaza. “¿Y si se le hubiesen cerrado las demás (puertas) a Christa T.?”, pregunta. Pero de ningún modo Christa Wolf pone en cuestión un sistema social. La narradora parece extremar la inquisición de su personaje en otro plano –más subjetivo y personal– y, por intermedio de esta metáfora, Christa T., la interrogación se dirige hacia zonas no por más ambiguas menos acuciantes. Esta Noticia es una noticia sobre la felicidad truncada, sobre la plenitud que se escapa de la vida.

Christa T., el nombre más de un problema que de un personaje, aspira a la sencillez imaginativa ypura de sus actos, y no desdeña plegarse a los gestos que toda sociedad impone. Es el reclamo de un ser que pide un acceso más fluido y una realción más estrecha con los hombres y las cosas. Ese personaje –ese problema encarnado– pide ser visto ahora mismo.

Panorama 260, 20 abril de 1972.

Un álgebra de pasiones.

Destruir, dice. – Aban Saban David, por Marguerite Duras. Barral, Barcelona, 1972. 186 páginas.

De Marguerite Duras, que progresivamente ha ido despojando las formas narrativas reduciéndolas a hilos tenues, cabía esperar este desarrollo. Destruir, dice, parecería detenerse sólo en el borde donde la palabra cesaría de significar, y el relato interrumpiría su sustancia. Tiende a parecerse a la contemplación de un suceso desde una fría altura, desde la cual llegarían purificadas, y distantes las voces. Sin embargo, el relato se despliega como entre ecos, se lee como quien toca una superficie tersa, indefinidamente suave pero a la vez resistente.

Marguerite Duras sólo proporciona en esta narración extrema un corazón o centro de los hechos, que se suceden del mismo modo que la arena fina cae fatalmente dentro de un reloj de cristal. Curiosamente, esta casi desapareción del rumor de los sucesos, esta distancia, opera por paradoja en la lectura: al concluir Destruir, dice, es cuando ese germen verbal comienza a sufrir transformaciones, y el lector tiende a completar ese esqueleto en apariencia desnudo. Extrañamente, una nota final convierte al relato en un obra de teatro, con la inclusión de “Notas para las representaciones”, que piden un inevitable decorado abstracto.

En Abahn Saban David esa trama verbal abierta y despojada se recubre de tensiones, gravedades y fuerzas propias, más próximas a su narrativa anterior (Días enteros en las ramas, El square, Moderato Cantabile) aunque también diferenciada a causa de su rechazo de las convenciones. Aquí la persecución y la masacre, la emigración y la diáspora están presentes, pero como si este judío (centro del relato) condensara matemática y arquetípicamente, y eludiendo la emoción y el terror, la historia en un álgebra humanizada donde una red de fatalidades se tejen. Esta novela breve posee la diafanidad de un complejo cristal que tuviera la facultad de flotar por sobre un agua turbulenta.

Panorama 273 20 de julio de 1972

Un cuarto de espejos.

Mirado, por Albo Valletta. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1972. 111 páginas.

Estos siete cuentos fueron premiados por el directorio del Fondo Nacional de la Artes, con el asesoramiento de Guillermo Aras, Abelardo Arias y Mario Lancelotti. Aun en un país donde el género se cultiva con profusión, no es frecuente una serie de cuentos como Mirado. Porque la escritura de Valletta (40) imbrica sin contradicciones el habla y la tersa conformación de su prosa. En “La espera”, un viejo asume su agonía en inquiere su cuerpo herido; entretanto, el relato urde la trama de las circunstancias previas a la muerte. En éste y en los tres cuentos que memoran tramos de infancia, el realismo del autor concilia el estilo con la vida, sin apelar a ésta como justificación de la precariedad de la literatura. La evocación de momentos significativos de los personajes teje el núcleo luminoso de los relatos, que narran bordeando los sucesos, provocando una reverberación de sentido.

En “El pozo” –acaso el mejor del volumen– la presión de lo acallado (aunque esta es una característica común a toda la narrativa de Valletta) intensifica la sustancia de lo escrito. El autor erige una secreta afinidad entre dos hechos aparentemente desligados –la cosntrucción de la cueva y el deseo por la Rusa–, estableciendo un nexo a la vez oscuro y vigorizante, presentido como real.

Con Mirado, Valletta encuentra una apertura a la ficción, a una actividad narrativa menos sujeta a referencias al “más allá del texto”, y de este modo introduce una cuña inquietante, perturbadora, libre de las leyes del mundo aparente, pero fiel a la legislación específica de una narrativa que se construye por imantación del lenguaje.

Panorama 274

La actividad de la mente.

Las aventuras de Sherlock Holmes, por Sir Arthur Conan Doyle, Barral, Barcelona, 1972, 393 páginas.

La edición de este volumen, que contiene doce relatos del memorable detective de gabinete Sherlock Holmes –adicto a la razón omnipresente y a los paraísos artificiales–, manifiestan un regreso y una resurrección. La novela policial dura dibuja las contradicciones reales de un mundo mediatizado por el dinero. Con tonalidades y timbres diferentes, Dashiel Hammett, Raymond Chandler, el arbitrario y paródico James Hadley Chase, cuentan el destino del hombre concebido como la lucha por la posesión. Es el combate con un fetiche de mil bocas y garras, con lo exterior e inhumano de ese destino monetarizado, metalizado. Es el mundo de los valores de la burguesía: competencia, anarquía, violencia. Es un modelo reducido del mundo real, aquel que Hammett, en Cosecha Roja, nombró como Poisonville, donde no habrá otras leyes que la que nos vayamos haciendo por el camino”.

Y entonces, aunque nada haya cambiado, el fiel, noble y a veces disfrazado títere de Sir Arthur Conan Doyle, regresa en un cabriolé. Como consecuencia de la falta de leyes, del absurdo –concebido como un sentido que no se alcanza–, el sereno e inteligente Sherlock reaparece en esta escena de papel, al trote, como un fantasma que recorre laberintos ciudadanos, con una idea clara de dónde se hallan los minotauros de turno. Sabe, también, guiado por su olfato y por sus dotes deductivas, que desembarca en estas costas en el momento oportuno. Porque actualmente existe una necesidad del contrabando que él trae, ya que en su gabinete portátil, que cabe en un estante, tiene un lugar privilegiado el racionalismo.

Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930), fiel espiritista y porpagador de esa fe hacia las postrimerías de su vida, autor en el año 1902 de un panfleto vindicativo del ejército británico, no se asombraría de que los editores del año 1972 invoquen a sus criaturas. Porque no sólo creó a Sherlock sino también, y simultaneamente, a un “escritor”, el permanente testigo y auxiliar, el doctor Watson, inspirado en un médico londinense (confundido al principio con el verdadero responsable de estas historias), de nombre John H. Watson.

No en vano este detective despertaba el interés de Sigmund Freud y de tantos otros indagadores de las leyes del mundo, de aquellos que desconfían de lo manifiesto. Porque en estos relatos (como en toda la saga de Sherlock Holmes) lo menos interesante son los casos a resolver, aunque suelan serlo secundariamente. En ellos se destaca un método y un punto de vista en la consideración de las cosas. También, el aspecto que podría llamarse didáctico, el diálogo siempre fascinante y a menudo humorístico entre Watson y Sherlock. Es esa relación entre quien no ve totalmente la razón de los hechos (Watson) y aquel que la descubre (Sherlock) la red que consitituye esta literatura, que ha encontrado digno de interés y propicio al pensamiento hasta lo más nimio. “Desde hace mucho tiempo –dijo Holmes– tengo yo por axioma el que las cosas pequeñas son infinitamente las más importantes”, escribe Conan Doyle en “Un caso de identidad”. “Nada más engañoso que un hecho evidente”, señala también, y: “Es, desde luego, una insignificancia, pero no hay nada tan importante como las insignificancias” (“El hombre del labio retorcido”).

Sin duda, la vuelta de Sherlock Holmes responde a la necesidad –simbolizada por la lectura– de descifrar la abrumadora incoherencia de hechos evidentes que la actualidad proporciona. Estos hechos se acumulan, se adicionan sin que, a menudo, se encuentren los instrumentos para relacionarlos e incluirlos en una legislación común que permita descubrir su coherencia. Estos relatos son, por supuesto, una insignificancia pintoresca si se los compara con las grandes fuerzas del mundo. Pero –aceptando afirmaciones del mismo Sherlock– las mismas insignificancias revelan la importancia de hechos mayores.

Sir Edgar Allan Poe sentó las bases de método deductivo y creó el género policial, Conan Doyle le otorgó un rostro definitivo y construyó una épica recatada: la de la actividad de la mente.

Panorama 278, () agosto 1972.

El gracioso entendimiento.

Las memorias de Sherlock Holmes, por Sir Arthur Conan Doyle, Barral, Barcelona, 1972. 348 páginas.

En Estudio en escarlata Sherlock Holmes había reconocido ignorar que la tierra gira alrededor del sol. La revolución copernicana lo tenía más bien sin cuidado, aunque el método para acceder a ese conocimiento astronómico no difería sustancialmente del que utilizaba el sagaz detective para aclarar sus casos.

Sabía, eso sí, todo lo necesario sobre Londres y sus alrededores y podía reconocer la marca de los cigarros por la consistencia de las cenizas, deducir al instante que su biógrafo y ayudante,, el doctor Watson había tenido muchos pacientes, porque sus botas estaban limpias. Las historias de Sherlock Holmes, que al parecer vuelven a conquistar a los lectores, habían fascinado de tal modo a sus contemporáneos que no soportaron el relato “El problema final”, ultimo de este volumen, porque allí moría. Al espiritista sir Arthur Conan Doyle, de todas maneras, no debió costarle mucho trabajo resucitarlo.

Sherlock, que deriva de los detectectives de Edgar Allan Poe, fue empobrecido por sus sucesores. La novela policial negra, con Dashiell Hammett y Raymond Chandler en las líneas más avanzadas, trazaron un modelo más adecuado a una etapa posterior del mundo burgués, mediatizado por el dinero y la sangre. Pero Sherlock no pudo ser superado como personaje; sus dobles fueron incapaces de desplazarlo, porque sus historias contienen la parodia de sus historias. Si se lo mira con cierta distancia, si se neutraliza el encanto que proporcionan sus avatares deductivos, Sherlock es más bien un policía aficionado, casi tonto. Un vigilante de la esquina, con menos aspavientos, tiene más destreza. En otro lugar reside su atractivo singular: en una didáctica, en la graciosa enseñanza de un método de pensamiento.

Porque el vigilante de la esquina se contentará con atrapar al ladrón; a Sherlock, en cambio, le importarán más los medios por los cuales la razón llega al conocimiento. No es vano, el “Hombre de los lobos”, paciente de Sigmund Freud, cuenta en su autobiografía que el creador del psicoanálisis se fascinaba intelectualmente con las narraciones de Conan Doyle. Quien desconfía de lo manifiesto, al mismo tiempo que debe recurrir a las apariencias y a las anomalías y detalles para indagar la verdad, necesita recorrer el camino de la razón, y también el de las construcciones mentales, de las hipótesis. En “Estrellas de plata”, el primero de los once relatos que contiene este volumen, Sherlock enseña a Watson: “Ve usted que valor tiene la imaginación. Es la única cualidad que le falta a Gregory. Nosotros nos imaginamos lo que pudo haber ocurrido, hemos actuado siguiendo esa suposición, y resultó que estábamos en lo cierto. Sigamos adelante”.

En el término de pocos meses, dos volumenes de relatos de Conan Doyle (Las aventuras de Sherlock Holmes, y éste) han aparecido en el mercado, reactualizando a este clásico. Obviamente las historias adolecen de extremado candor. Pero una lectura moderna de los problemas diseñados en la saga de este detective puede enfrentar con una sonrisa la ociosa red de sus tramas inverosímiles y detenerse en las pistas que ha dejado este pedagogo, Conan Doyle, que inventó a la vez a un maestro, Sherlock, y a un alumno, Watson, con la excusa de divertir con enigmas. Aunque el lector siga regocijándose, podrá advertir que lo hace con los métodos de la ciencia.

Panorama 296, 28 diciembre 1972.

El crítico como artista.

Escrito en la pared, por Mary Mc Carthy. Lumen, Barcelona, 1972, 248 páginas.

Es mordaz, incisiva, tiene la vivacidad de un cuzco de raza premiado. Mary Mc Carthy, novelista notable, no se casa con nadie en sus críticas literarias, aunque haya sido mujer del renombrado crítico literario Edmundo Wilson. En Escrito en la pared, pone contra las cuerdas al personaje Macbeth (su segundo, Shakespeare, debe de haber pasado minutos nerviosos en el rincón), y también hay que cuidarse de suscitar su admiración, ya que la novelista inglesa Ivy Compton-Burnett se eleva en su artículo, por entre las cenizas producidas en su obra por la mirada ardiente, detallista y desenfadada de sta mujer que parece amar la inteligencia y la belleza, por encima de toda consideración sentimental.

Sus puntos de vista sobre Almuerzo desnudo, de William Burroughs, la muestran en la mejor de sus formas, capaz de captar las tendencias de un mundo verbal y e rigor y el valor allí donde están más aparentemente embozads en el desorden. Es una constructora de cosmos, aguda, práctica, atenta; en “Un toque de naturaleza”, acorrala un olvido de la literatura de nuestros días, y abre una puerta a un aire no tan libre, porque está modificado por la conciencia humana.

Uno de los puntos clave de si inteligencia, vigilante y sencilla, reside en esta apreciación sobre Geroges Orwell, que, invetida, la describe: “Es más fácil cuantificar las creencias subyacentes y perspectiva imaginativa general de un Frank Richards, que aplicar reglas de buen cubero para medir a Tolstoi, Swift o Dickens”.

Panorama 314.

La isla geopolítica.

La república de los sabios, por Arno Schmidt. Minotauro, Buenos Aires, 1973, 183 páginas.

Vive en una casa cercada con alambres de púas y no se deja ver por nadie. Arno Schmidt, nacido en Hamburgo en 1914, es uno de los magos de la Alemania del milagro, pero, singularmente, ocupa breves líneas en los comentarios oficiales y su fotografía es de las más pequeñas. Su genio verbal es mencionado para remarcar el descuido de sus tramas, excusándose en criterios muy estrechos acerca de la “composición” novelística. Hans Herich Nossack, el vencedor desconocido que rasgó los velos que encubren la historia alemana y perseguidor de la verdad, no es ni mayor ni menor que él, según esa curiosa clasificación de las letras, como si se tratara de calificar cerros o niños de la misma edad.

Arno Schmidt, un soñador vigilante, comparte con Nossack los propósitos de develamiento y revelación del carácter alemán –aquella zona oscura en la que se agazapó el nazismo–, pero es pródigo en riquezas verbales, en asociaciones inesperadas y totalmente libre, con una inventiva afín a Swift, por la ironía, la incisividad y la imaginación.

La república de los sabios traza la parábola de los residuos de un apocalipsis atómico. No tan misteriosamente, el mundo reorganizado después del holocausto persiste en los yerros que lo arrastraron a él, así como la troupe de payasos de un circo remedan al domador y a los equilibristas. Con una diferencia de detalle: la destrucción de la madre patria, Alemania, y la trasformación del idioma alemán en una lengua muerta.

El vaivén irónico del libro se sostiene en el acto paródico de suponerlo una traducción a esa lengua “arcaica”, realizada en el 2008 en Chubut, Argentina, por Chr. M. Stadion, un residente porfesor alemán –nacionalista de una patría ya inexistente–, uno de los pocos centenares de alemanes sobrevivientes a la “catástrofe”. Otro recurso sarcástico consiste en darle a Charles Henry Winer, el periodista autor del original, un ascendiente alemán y, en llamdas al pie de página, esbozar una insistente e inútil polémica cn el autor del libro escrito en inglés. La sutileza es extremada cuando se trata de que el pobre y escrupuloso “traductor” Stadion no comprenda las alusiones eróticas ni las poéticas.

Esta traducción, por otra parte, ha sido posible gracias a una disposición que permite la publicación de libelos políticos o de otra naturaleza subversiva con la condición de que hayan sido traducidas a una lengua muerta.

Nada se salva de la fantasía crítica de excentrico Schmidt. En misión periodística recorre los bosques mutados, antes de ambarcarse a la isla de los sabios y artistas. Y, más que el horror, encuentra la belleza, y la ternura en una cetaura, Thalja, a la que no podrá olvidar.

Otros seres entrevistos en el tránsito por la zona envenenada (los pequeños seres que son una perfecta cara humana, los agresivos hexápodos) no disienten con los hábitos del género, exaltados a una verosimilitud propia de aquellas pesadillas que obligan a sorprenderse de la vigilia.

Pero en el centro de esta parábola política (escrita en 1957) es un ajuste de cuentas con el nacionalismo alemán y con la guerra fría, que circularmente gira en la dividida isla de la hélices. Ese lugar móvil, nave-isla, capaz de eludir las tempestades y defendida de los vientos, es también una alegoría de la situación particular del artista y del investigador, no por eso incruenta. Snobs, improductivos, la mayoría de ellos “espera un estado de espíritu excepcional y los estimulantes a cuales recurren es un asunto sólo de ellos”.

En el lado occidental de la isla, esa búsqueda de un estado de espíritu aparece como una excusa para la esterilidad, una suerte de sueño de los héroes, generalmente ociosos, que hasta han abandonado las bibliotecas. En la zona rusa de la isla la composición de una novela colectiva motiva una de las parodias más graciosas del libro, parodia que, sim embargo, destaca la hipnótica laboriosidad rusa.

La república de los sabios comprende varios, superpuestos libros. Uno de ellos es la parábola escéptica y ris

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