Gérmenes (Algo se mueve)

Gérmenes (Algo se mueve)

Por Péndulo (Jorge Di Paola)

“Aparece brutal y desenfrenado, respira una amenaza infinita, se pierde en una lejanía vertiginosa.”
Witold Gombrowicz
Cosmos

“Los hombres confunden las causas y los efectos”
Gustave Flaubert
Bouvard y Pécuchét

Capítulo 1

Las burbujas empezaron a aparecer en el paraje La Pastora inmediatamente después de la lluvia de estrellas, poco antes de diseminarse por el planeta y configurar un dilema incomprensible que cambió la teoría aceptada sobre el origen y el fin del Universo.

La burbuja hizo eclosión en las cercanías.

Algunos creen que el episodio de los aerolitos ardientes, con rotura de ramas e incendio de pastos, fue consecuencia del estallido de la pompa de espacio-tiempo; y no al revés.

A muchos vecinos les pareció que en primer lugar explotó la burbuja con su sonido seco y neto, como las otras que continuaron apareciendo en esos días, aunque no faltaron quienes, como Acevedo, creyeron que todo había sucedido al revés.

La discusión quedó flotando sin resolverse porque nadie dio el brazo a torcer. Prometía ser una de esas cuestiones que nunca terminan del todo.

¿Se produjo una alteración de percepciones que impidió formarse un juicio concluyente? ¿Habían sido dos estallidos simultáneos?

Mucha pregunta para los vecinos de La Pastora, salvo para el paisano Hamilton, el nieto del lingüista británico, el nieto del matemático (ambos uno y el mismo) que tenía vocación por buscarle cinco patas al gato.

El mundo pudo ser siempre así, como ahora, generando materia, sin mayores explicaciones, porque sí. En horas, la Tierra se había vuelto un lugar sin certeza alguna, aunque nada aburrido.

Vienen de otros lados, al parecer traídos por las burbujas, y se manifiestan, autosuficientes. Epifanías. Epifanías de Materia ruda, de seres desconocidos.

El ruido y la onda expansiva que causan las detonaciones de las burbujas (algo más pequeñas que las de jabón, con brillo metálico) sobresalta a los vecinos cada vez que ocurre. Todavía nadie se acostumbra.

Un choque, una explosión ensordecedora y poco después alguna cosa nueva, a menudo misteriosa, o seres inesperados, se hacen presentes en la realidad de la Tierra. Ocurren dramáticas alteraciones. La gente no sabe muy bien qué hacer pero se las arregla por ahora; encoge los hombros y apechuga.

Desde la ventana del Almacén de Ramos Generales se vio y se escuchó el desparramo de objetos y de seres que salieron de la burbuja después de la explosión; y el barullo consecutivo que las acompaña, junto con el desconcierto y el miedo que producen.

Los paisanos creen que al final se van a acostumbrar; así será como antes, cuando todo estaba tranquilo y no aparecía nada nuevo, explote lo que explote.

Todavía humea la primera burbuja, con olor a plumas; todavía se ignora lo que puede venir sin avisar. Entonces nadie espera nada en particular y se apresta a recibir lo que sea, pues vuelve inútil toda precaución.

Quien se quedó mirando por la ventana, imperturbable y reflexivo, como si supiera lo que vendría, fue el irlandés Hamilton.

Es un paisano raro, venido al país en los años 50, nieto de un genio de los idiomas que ignoró ser un genio matemático hasta 1825.

Se dice que al abuelo lo distrajo de ese descubrimiento (el álgebra) su pasión por los idiomas, que le deparó dos novias aunque lo dejaron al pie del altar, casándose con algún otro, más callado.

La tercera enamorada, vaya a saber por qué, se casó con el abuelo; pero después de su primer descubrimiento matemático, una revolución: descubrió que el orden de los factores SÍ altera el producto.

Al menos, sus descubrimientos de geómetra le calentaron mejor la cama que la inusual facilidad para los idiomas. Desde los cinco años, en 1810, todavía lejos de los números, el abuelo hablaba latín, griego y hebreo; a los 14 conocía además el árabe, el persa, el sánscrito, el caldeo y el siríaco, el indostánico y el idioma que hablan los malayos. Las lenguas europeas ni las contaba; no las había estudiado, las había respirado.

Toda esa genealogía le servía de poco y nada al irlandés acriollado. Un pariente notable puede ser de utilidad en Dublín, pero no en una vieja estación de ferrocarril donde se respeta ser buen jinete o aguantar a pie firme un vino quebracho; o mirar una nube, y saber si va a llover y dónde y cuándo.

Hamilton, el nieto, llegó al país huyendo de una hambruna y se volvió argentino enseguida. Don Eduardo había aprendido el español que hablan en Buenos Aires en dos o tres semanas antes de llegar a La Pastora, poco después de bajar de un barco en el que logró evadirse de los efectos de la papa que una peste volvió venenosa; la gente moría tanto por no comerla como por comerla a falta de otra cosa. Colapso respiratorio o hambre.

Los irlandeses fenecían como moscas en la otrora verde Erín.

El idioma brasileño lo aprendió en una semana; leía y hablaba en francés y en alemán y en italiano con fluidez. Lo que se hereda no se roba, decía.

Salvo el amigo Acevedo, con el que se prestaban libros y los comentaban, casi nadie sabía que muchas veces dejaban de trabajar en sus campos para recostarse sobre alguna parva y leer sobre la vida en el Universo y sobre civilizaciones extraterrestres en una babel de idiomas que el irlandés traducía instantáneamente al castellano (con acento inglés pronunciado) para tener un tema de qué hablar con su amigo. Hablar toda la tarde y haraganear.

Por eso decidieron arrendarle al INTA las pocas hectáreas que les quedaban. Los campos linderos daban a un cruce de caminos bastante concurrido, donde los que pasaban en auto veían los potreros sembrados. Esa vidriera les venía muy bien para demostraciones de semilla transgénica a los ingenieros agrónomos.

Se veía un manchón de girasoles por aquí, otro de trigo por allá, otro de maíces acullá, y así. Una joyita de campo. Quinientos pesos por mes para cada uno de los amigos, por el potrero. Y les quedaban las casas, para vivir, los pingos para pasear, y los libros para ojear y todo el tiempo del mundo para los mates. Y ahora esto: burbujas de materia revoloteando por ahí y buscando alguna explicación.

En el almacén se comentaba que los amigos tenían un acuerdo: cada vez que salían a varear los caballos o a mover hacienda, convenían sobre quien hablaba de ida y quien lo hacía de vuelta. A veces, solos, se dejaban llevar sobre el recado colgando las riendas y leyendo tranquilos al paso, como en un sillón de pelo de caballo, con patas. Se cuenta que don Acevedo una vez se durmió y terminó despertándose en una ciudad desconocida donde una multitud decía:

”Miren, un gaucho”.

Acevedo, con desprecio, los encaró:

“¡Si sabrán lo que es un gaucho!”

El irlandés conocía también el idioma ruso, así que estuvo al tanto de la navegación entre gravedades planetarias que imaginó Tsiolkowski, y supo de las ciudades espaciales que los formalistas rusos inventaron en 1911, y del ala de Tatline, la que daba ganas de ir hacia el Sol.

También le sobró talento para aprender vasco y charlar en ese idioma con todos los tamberos del lugar; habló en quechua con un boliviano que estuvo unos meses levantando una pared caída y se aburría mientras trabajaba.

El irlandés ( como le decían quienes eran llamados los vascos o los tanos) hacía años que tenía a los vecinos sorprendidos por sus salidas y habilidades y tal vez por eso lo llamaban el loco Hamilton, o mejor, Hamilton el loco; cada vez que iba al almacén, por ejemplo, sus cálculos mentales los dejaban con la boca abierta. Multiplicaba y dividía sin papel, sacaba costos de campos al instante. Ni hablar de los números de la libreta, las sumas que le costaba tanto pagar, aunque nada calcularlas; le anotaban todo, al fin pagaba. Lo difícil era eso.

El hábito de beber lo heredaba también del abuelo, que terminó bastante mal de viejo, achispado hablando solo en las calles de Londres, de donde los alumnos lo rescataban algunas veces.

Otros matemáticos lo invitaban a empinar el codo para que mostrara el cuaderno con las ecuaciones nuevas, a ver cuál le robaban.

El paisano Hamilton (y lo lamentaba tanto) no había heredado la facilidad para versificar que también tenía su abuelo, pero le hubiera gustado payar como su amigo Acevedo, famoso por sus bordoneos rimados en toda La Pastora y en sus campos vecinos, recitador estrella de sus fiestas.

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