El ruido (novela)

El ruido (novela)

¿Surgió de bajo tierra?
¿Se desprendió del cielo?
Oliverio Girondo

Prólogo

Los hechos cuyo registro se incluye en esta narración han ocurrido recientemente. Más aún, se están desarrollando ante nuestros ojos, aunque resulten invisibles para la mayoría e incluso para las minorías que tendrían que comprender el problema, pero se empecinan corriendo rumores estúpidos, absurdos y aún peligrosos.

Mientras tanto, el país se pone en ridículo y muestra una ignorancia aterradora. En este siglo el poder se constituye sobre el saber tecnológico y aún teológico. Y es el saber la primera víctima de una política de avestruz (¿habría que decir ñandúes, interrumpen los nacionalistas?) y claramente cobarde, dirigida a los que mueren mil veces.

La sola intervención de Instituciones Internacionales de control, a su vez bajo la férula del Grupo de los Diez, del Tratado de Tlaltelocto, de los sectores aristocráticos de la U.N. y de la OIEA (y evidentemente la paranoia Británica, que teme a algo tan caro como una bomba nuclear, como si fuéramos tan tontos como para tirarla sobre una roca (1)) produce pánico cerval en nuestros funcionarios. Las únicas funciones que cumplen son las intestinales. No comprenden de qué se trata, de una simple maniobra para evitar nuestro desarrollo con la excusa de nuestra peligrosidad.

Tan sólo un grupo de particulares que participan de algún modo en el Curso del Mundo, corriendo riegos desmesurados, raleados por gran parte del aparato científico y tecnológico local, como así de los niveles de autoridad política y decisión microscópicos que le quedan al sistema político privatizado, tiene aún alguna voluntad de riesgo razonable . Ellos han sido los encargados de que no se pierda ni se calumnie este drama, a la vez personal y nacional, que incluye el dolor humano, la amistad, el amor al prójimo y los sueños juveniles y valores consistentes minados por infamias sin fin que llegan de la prensa anglosajona, para acusar falsamente a cientos de hombres probos de cambiar por dinero materiales sensitivos, a seres escondidos en cuevas afganas, cuanto menos.

Estas acciones de destrucción ciega parecen consolidar los daños que en el pasado causó a la Patria la Noche de los Bastones Largos, de quien nadie quiere acordarse porque quiso sacar a la inteligencia argentina del siglo XX. Porque no lo lograron del todo ni el Departamento de Estado, ni el Foreing Ofice, insisten en sacarnos del Siglo XXI prensando aceite de soja para el Imperio Chino. Y enriqueciendo a una clase adulada cuyo mérito hubiera sido sacar 40 millones de toneladas del Desierto del Negev y no de la feraz argentina donde todo crece sin esfuerzo.

Probablemente se juega en estos días la última oportunidad de existencia de una Nación acongojada.

Esta es una historia que no puede empezarse según el ritual: “Había una vez”.

Este relato sucede coordinado con los acontecimientos. Cada vez más, se llega a la narración simultánea. Casi no hay intervalos de tiempo transcurrido entre los actos y las referencias a ellos.

El comienzo de este relato es: “Está sucediendo, le está sucediendo a otras personas y a usted también.” Sus propias creencias y su destino se verán tan afectados como los de los protagonistas. Después del desenlace, la vida no será igual para Nadie.

Con pesar lamentamos informar del accidente sufrido en situación sospechosa por el Comisario Chávez, a cargo de la pesquisa en Bariloche que significó la punta del ovillo que conduce al barrilete. Fue hace minutos. Su condición es estable, pero se encuentra en coma farmacológico inducido. Se dice que un Impala embistió de frente a su Duna. ¡Casi dos toneladas contra 500 kilogramos!

(1) La señora Tatcher no hubiera trepidado en dar la orden de disparar un misil ofensivo (¿hubiera sido defensivo, si no?) desde su submarino hacia la Provincia de Córdoba, al perder una fragata a causa de un Exocet, adaptado de Tierra-Mar, a Aire–Mar, por alguien que conocemos muy bien y a quien le debemos una serie de desarrollos en el arte electrónico.

1

El doctor en física cuya identidad está protegida por la letra G. acaba de ser rescatado de las aguas heladas de un lago en el que intentó sumergirse completamente desnudo, después de correr en pánico por los techos del Laboratorio donde se encuentra el nuevo horno de inducción. No se sabe qué vio por la mirilla protegida por cristales antirradiación, ni aún si vio algo o si hay algo que ver. Los colegas comentan que pocos días después de ser premiado por un desarrollo avanzado, comenzó a verse en su conducta gran cantidad de actos irregulares o insensatos, desvaríos y opiniones provenientes de la teología, o de principios del dogma cristiano que parecían fundamentar a partir de esa aciaga tarde sus descubrimientos científicos. Insistió con lecturas de trozos del viejo testamento donde los profetas reproducían planos dictados por Dios, que invitaban a Moisés a construir el Arca del Testimonio en Éxodo 20 al 29, y a Noé a construir el Arca salvadora de la Vida, con instrucciones muy precisas. Además, antes de colapsarse o brotarse, G. informó que el dispositivo milenario en cuestión era una máquina de alta tecnología. Hay consternación en el ambiente científico.

Lo único que se sabe de mí en T., contó el loco de mi hermano menor cuando estuvo de visita, es que aún estoy internado y acaso muerto, o ido por completo desde que dicen que me broté hace unos meses. Me imaginan con la mirada perdida detrás de una ventana. Bueno, así estuve, mirando al vacío, recuerda Estela, la enfermera casi exclusiva que tengo. Ahora los ambulatorios de la sala suelen acercarse y a veces me hablan, particularmente el que se cree un viento helado, al que llaman Muerte Blanca y te sopla en la cara.

Mi amigo Lucas Sciascia fue encontrado por Estela en California y promete venir. Ya no sé, después de tanto tiempo, como será vernos. Me alegra…a pesar de que las amistades de la infancia suelen disgregarse como la carne de Shakespeare, y “disolverse en rocío”. Pero recuerdo que por varios años fuimos inseparables compañeros desde los duelos de cowboys hasta los boy scouts. Compartimos casi todos los sueños que nos transformaban en héroes y pioneros del futuro. Al fin de cuentas éramos nenes con pistolas de cebitas que jugábamos a los vaqueros, pero ahora contamos con poder de fuego. Cada uno siguió con la suya, y él diseña aviones y naves espaciales según me he ido enterando. Ninguno dejó morir ni los sueños ni las vocaciones.

Tal vez en medio de la niebla del semiolvido o de los comienzos del Alzheimer, los dos viejos amigos se encuentren sin nada que decirse y poco que ver ya entre ellos, y aún con la incomodidad de suponer que el otro guarda viejos secretos de los que avergonzarse y que uno querría olvidar. Por eso la disyuntiva: ¿Me alegraré de verlo? ¿Me fastidiará verlo? ¿Tenemos algo en común todavía, aparte de la ciencia y las disputas entre el agnosticismo y la Fe?

Lucas le prometió a la samaritana venir lo antes posible a visitarme… lo estoy esperando. Pero lo espero con temor.

No puedo aguantar hasta diciembre, tengo que salir de acá cuanto antes.

Es que no consigo recordar todo con claridad, me parece que la insulina borra trazas de los acontecimientos. Sé que fui a ver al párroco de la Capilla San Ignacio, como lo hago a menudo, me alejé de la Celda Caliente y revisé el Horno de Inducción antes de ir a verlo. Sé que la cabeza me daba vueltas, no podía fijar el punto de mis razonamientos. Tenía temores por los descubrimientos que había hecho la semana anterior y que fueron tan festejados. Algo de sus derivaciones no me cerraba por completo. Mis colegas no podían salir de su entusiasmo, no paraban de felicitarme y de alegrarse por ser parte del desarrollo. Pero poco a poco a mí me apareció la vieja sensación de muerte, de castigo.” Más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás. Porque el día que de él comieres ciertamente morirás”,

Aunque temo que nos encontremos allá con un montón de insoportables que difícilmente habrán mejorado con la edad. Tontos antes y tontos ahora. Habrá que aguantar borrachos eufóricos y tendré que encontrarme con viejos secretos de adolescencia, acaso con algunos que he olvidado o querido olvidar.

Pero Lucas está al tanto de los nuevos, porque se encargó la samaritana de confiárselos, mucho peores que los de todos modos inocentes, travesuras apenas, del pasado. El debe querer saber (como yo) por qué corrí por los techos del laboratorio, desnudo, y luego salté a tierra (me dicen) y me escondí en el bosque de araucarias, tirando por la borda una carrera brillante en la Comisión, y dejando en banda la Planta de Enriquecimiento. Sabe que pedía perdón a gritos no por desactivar el dispositivo, sino por haber puesto en sus manos la posibilidad del horror con inocencia o indiferencia a los riesgos.

Ellos no podían entender ninguno de los motivos de mi arrepentimiento. “Y ahora ¿qué te pasa? ¡Tu oposición contrasta con tu entusiasmo a lo largo del año! ¡No se trata de una actitud raciona!” Me discutían. “¡Además no entraña peligro real, tu solución resultó brillante aunque no fue una tecnología precursora sino tan solo un desarrollo independiente, barato e inesperado. ¿No te das cuenta? Abriste una tecnología más simple, una línea nueva de desarrollo de producto… ¡no nos damos cuentan ni del límite que pueda tener! Las grandes potencias se van a comer las uñas!” se exaltaba el tonto del Jefe de Departamento. Incapaz de imaginar las consecuencias que yo no dejaba de considerar en esos días…Cuando estaba concentrado en el problema no pensaba en las consecuencias hasta ese momento no pensaba en las consecuencias sino en las soluciones, y cuando lo hice, (las consecuencias, las consecuencias, el gatillo del infierno!... entonces perdí la noción de todo lo que me rodea.. por eso estoy acá donde quieren obligarme a de recuperar la memoria, el agujero en el papel del texto de mi mente, el papel olvidado del texto de mi mente.

Recuerdo esos episodios borrosamente.

Nunca pude reconocer mi desnudez. No tengo memoria de ese gesto. Todas mis imágenes comienzan con la nieve y un frío punzante, corriendo por el bosque o caminando hacia el lago donde quería sumergirme. Justamente ese lago muerto, sin peces, con ese aire silencioso y terrible, sin pájaros ni viento.

Aterido rezaba una oración para que Dios me auxiliara a no pecar. No pecar contra la vida. No pecar contra la naturaleza ni contra las cosas del Mundo o el mismo Mundo.

Pero creía (y aún creo) haber cometido un crimen, o un disparador del crimen. Después de varias semanas casi sin dormir y sin comer resolví la tecnología propia de un tema científico: cómo enriquecer el Uranio mediante la difusión gaseosa (1). Y pasado un tiempo demasiado largo, comencé a pensar en la bomba atómica y no tanto en las centrales de potencia. Tarde, muy tarde, me di cuenta que me rodeaban la irresponsabilidad y el desprecio. La influencia de los militares, aunque estuviera debilitada, se fortalecía por la ignorancia de los políticos en definir las estrategias sin comprender los objetos que debían considerar y las relaciones de fuerza que debían tener en cuenta. Esos dilemas no me dejaron dormir casi un mes. Algunos colegas, que me felicitaban por el logro (que comencé a llamar el Ogro) me daban pastillas, psicofármacos para la vigilia y barbitúricos para conciliar el sueño. Pero me desvelaban, aún despierto me traían pesadillas: frecuentemente incendios o llamas que eran a la vez la guerra y el infierno. Las llamas me increpaban. Alguien, que quería ayudarme aunque me costaba oírlo, entraba repentinamente en ignición en silencio y yo empezaba a gritar.

Mirando el agua transparente y helada, o mirando el fondo pedregoso a través del agua con los dedos del pié sumergidos, intentaba decidirme a terminar con lo insoportable. Recientemente, bajo esta angustia, había comprendido por fin la parábola del árbol del Conocimiento. Me había encantado descifrar secretos de la naturaleza, pero a pura soberbia me había puesto a reproducir el misterio. Ya no tan solo conocer sino también crear, producir los fenómenos, desafiar a ciegas al creador.

La magia había aniquilado mi fe. Había traicionado a María Auxiliadora. Y en ese momento estaba solo ante los cantos rodados del Lago del Cisne. Abandonado por la Virgen.

A duras penas me demoraba del acto la noción del pecado que implica el suicidio. Ya no sabía si me aterraba más la vida que la muerte.

Mis colegas llegaron corriendo, me tomaron de los hombros y me sacaron, mojado hasta la cintura. Luego de eso, nada, perdí el recuerdo y fui menos que una sombra en una pared a oscuras.

Me despertó un pinchazo en la vena y miré la cara de la enfermera, Estela, que fue un ángel para mí durante una eternidad. Detrás de ella alcancé a ver a dos médicos desconocidos, de caras sombrías, bajo una luz irreal, como del amanecer de otro planeta.

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